Las banderas rojas
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Las banderas rojas

Aparte de la bandera roja más famosa –la que Meliton Kantaria y Mijail Yegórov alzaron sobre el Reichstag, en mayo de 1945–, hay muchas banderas rojas que fueron ignoradas, definidas estas no como rectángulos de tela teñidos de escarlata, sino como señales que indican lo prohibido, lo que hay que evitar; porque desde siempre el rojo ha sido símbolo de lucha, guerra y muerte, por aquella relación indisoluble de la sangre con los resultados de estas acciones. Salvo en Los Ríos de Color Púrpura, o la sangre azul asociada a la nobleza –alegoría construida para legitimar diferencias de clase–, su color rojo lanza una señal de alerta, de peligro; una señal tan poderosa y universal como lo es el blanco a la paz. Lo que sorprende entonces es, cómo pese a la universalidad de sus mensajes; pese a designarse con “banderas rojas” las zonas de baño de alto riesgo en playas; aun así andemos por la vida ignorando los cientos de banderas rojas que ondean sobre las cabezas de personas que, pese a enviar todas las señales de alerta que obligarían a apretar el botón de fuga tan pronto sean vistas, ignoremos los avisos y –conscientemente– nos entreguemos al torbellino sin fin de los problemas. Banderas rojas no sólo hay en las calles, el Waze, los tapones, los políticos, el trabajo, el negocio perfecto que proyecta que nos hará ricos fácilmente en poco tiempo; en la oferta irresistible que hay en la aplicación de alquiler por internet; en lo barato que resulta lo que nos están vendiendo en las redes, pese a que sabemos que ese no es su valor real; pero, de todas ellas, las banderas rojas que vemos en el amor son las más peligrosas, las que más ignoramos, las que más nos atraen. Por más que los psiquiatras y psicólogos nos adviertan sobre ellas; por más que las veamos ondear sobre la cabeza de la persona en cuestión, mientras hablamos con ella; por más que todos los botones del tablero de alarma se disparen; que los flashbacks del pasado parpadeen más brillantes que nunca; nada nos evitará el delicioso placer de fracasar de nuevo, como el Grupo Niche en Cartagena, “con la misma playa, con la misma arena…”. “A lo mejor vivir sea eso”, dijo Onetti. A lo mejor vivir sea cometer el mismo error una y otra vez, hasta el cansancio; o, hasta que aprendamos. A lo mejor las banderas rojas existen para que sepamos que están ahí, no para que les hagamos caso; para indicarnos que el peligro existe en esa mirada penetrante, en esa risa embriagadora, en el pelo suave que se mueve al compás de sus caderas cuando ella se dirige al baño… mientras uno la va mirando, suspira de nuevo y piensa: nadie aprende en cabeza ajena… ni siquiera en la propia.

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