Uróboro
Imagine tener un trabajo que consiste en organizar casas y apartamentos donde no vive nadie desde hace tiempo. Imagine que la contratan para organizar los muebles, objetos, ropa, documentos dejados en un lugar al que se pensaba volver cuando “todo mejore”, pero nada mejoró y no tiene sentido volver. Imagine tomar fotos de lo que encuentra y organiza, mandar las imágenes en un mensaje, recibir una llamada, escuchar el llanto de alguien que no conoce y que no termina de decidir qué puede ser guardado, qué debe ser botado. Imagine escuchar en silencio las justificaciones sin sentido de por qué esperar para vender o alquilar, o pagar a alguien para que cuide esa casa, ese apartamento.
Imagine el miedo de no decir, el miedo de que le escuchen una queja, el miedo de que lo acusen por opinar, por pensar en otros caminos, por disentir. Imagine aprender a desconfiar del vecino, la vecina. Imagine envejecer con todos lejos; imagine que lo que dan no alcanza. Imagine sentarse en una sala con otros y otras, viejos y viejas, huérfanos de sus hijos e hijas emigrados, exiliados.
Imagine estar en un edificio, encerrado. Imagine que está allí porque alguien dijo que usted era algo que, en el sentido común de la ley, no es un crimen, pero para otros sí lo es. Imagine tener hambre por días; imagine recibir descargas eléctricas; imagine ser golpeado, golpeada. Imagine ser carne de cambio para un sistema de poder que negocia su continuación. Imagine extrañar a quien no ve, a quien no lo puede visitar. Imagine desear la muerte como la única libertad posible.
Imagine estar en el país en que es un extranjero. Imagine que no quiere estar ahí, pero no puede estar donde quiere estar. Imagine repetir mantras de “esto ayuda”, “los ayudo”, “me ayudo” antes de dormir. Imagine acostumbrarse a otro espacio; imagine no tener un pasaporte para volver aunque quiera volver. Imagine que en las mañanas, con la taza de café en la mano, se repite: “esto acabará”. Imagine que, posiblemente, cuando “esto acabe” no tendrá ningún motivo para volver.
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Me escriben: —“Por lo visto no se puede opinar sobre Venezuela porque no somos los expertos, pero los expertos opinan e investigan y esto es lo que sale”.
Respondo: —“Esto no es una opinión. Es un hecho sobre la acusación contra (Nicolás) Maduro. Hay reportes y reportajes desde hace años que señalaban lo mismo”.
Me responde: —“Es lo que estoy diciendo, estoy de acuerdo con lo que has publicado. Te señalo que, aunque se hagan investigaciones, los venezolanos no quieren que se 'opine' nada, aunque sean hechos”.
Le escribo: —“Hay que entenderlos. Soy venezolana de nacimiento, tengo una hermana allá, pero el ejercicio como periodista me ha hecho tener precaución con los sentimientos. Lo que han pasado los venezolanos es terrible. Y es lógico que prime el sentimiento y no la racionalidad. Chávez y Maduro impusieron un régimen horrible. Persecución, acoso, daño. Miseria económica. Y eso también es un hecho”.
Me escribe: —“Todo eso lo sabemos. Pero la historia sangrienta con USA está ahí también y olvidarla es ceguera. Todos queremos lo mejor para los venezolanos, pero pedirnos a quienes vemos lo que viene que no opinemos, teniendo los hechos en las manos, es sumamente insensato. Espero que tu hermana esté bien”.
Decido no responder. Decide no escribirme más nada. Supongo que hemos dado la vuelta al círculo. Hemos dibujado un uróboro con nuestras palabras. Explicamos, nos explicamos, comprendemos, racionalizamos, sentimos. Luego volvemos a explicarnos, a explicar, a tratar de comprender, a racionalizar, a sentir.
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Leo: “El uróboro simboliza el ciclo eterno de las cosas, también el esfuerzo eterno, la lucha eterna o bien el esfuerzo inútil, ya que el ciclo vuelve a comenzar a pesar de las acciones para impedirlo. Expresa también la unidad de todas las cosas, materiales y espirituales, que nunca desaparecen, sino que cambian perpetuamente en un ciclo de destrucción y recreación”.
Es una bonita manera de explicar eso de dar vueltas sobre un mismo asunto del que no se encuentra un punto de fuga, de salida, para crear una nueva línea, que puede ir recta o puede formar otro círculo que gira sobre sí mismo.
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Escucho a varios venezolanos hablando en un video. Uno de ellos dice que entiende la preocupación sobre cómo se han hecho las cosas en su país, y que es urgente preocuparse. Lo que no entiende, señala, es el porqué esa preocupación no fue tan unánime y fuerte antes, cuando se pidió ayuda, cuando se denunciaba a los presos políticos que antes se negaron y que hoy se admiten, cuando casi ocho millones de venezolanos salieron de su país a cualquier otro lugar.
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En 10 años.
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Quiero explicarme, entender, racionalizar. Lo hago, trato de hacerlo. Se fue el dictador, pero sigue la dictadura. Y la moneda a cambio de ese gesto de poder grandilocuente, por encima de las convenciones internacionales, es el petróleo.
Hasta el momento en que escribo estas líneas, de casi 900 presos políticos venezolanos, de acuerdo a la ONG Foro Penal, solo habían liberado a nueve: José María Basoa (español), Andrés Martínez Adasme (español), Ernesto Gorbe (español), Miguel Moreno Dapena (español), Rocío San Miguel (española-venezolana), Biagio Pillieri, Enrique Márquez, Larry Osorio y Aracelis Balza.
La ministra de Hidrocarburos de Venezuela, que actualmente es presidenta luego de ser la vicepresidenta —resultado de unas elecciones no reconocidas fuera de su país—, hace declaraciones en las que exige la liberación de Maduro, y otras en las que afirma la colaboración con Estados Unidos.
Escucho análisis, anoto datos, leo artículos. Pienso en los míos que siguen allá. Siento. Al final, termino viendo serpientes que se comen la cola.
Argénida Romero
Ventana
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