Por amor al Óscar
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Por amor al Óscar

Confieso uno de mis amores más grandes y menos tóxicos: el cine, los premios de la academia y esa costumbre hermosa que me acompaña desde siempre

Cada año para estas fechas, arrastro a mi marido en la carrera loca de ver todas las películas nominadas al Óscar o con nominaciones actorales importantes. Generalmente, lo logramos.

El emporio de las Antillas Menores que a esta fecha tiene el monopolio de los teatros en este país hace un buen trabajo en procurarnos, cada año, los filmes premiados o al menos los más sonados.

A varias semanas de tan importante evento (para mí) aún me faltan cinco películas por ver, lo cual me tiene ligeramente inquieta, como si fuera a presentar un parcial para el que no estudié lo suficiente.

No lo tomo como una obsesión ni como un trabajo (ojalá me pagaran por hacerlo), es algo profundamente satisfactorio, como explotar bolitas de aire en el plástico de los envoltorios o acomodar libros por color sin que nadie me lo pida.

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Un reto personal

Es posible que siendo madre primeriza me durmiera envuelta en el susurro de una canción de cuna, con un bebé en brazos y ojeras hasta el ombligo, pero me despertaba entre discurso y discurso con la mente nublada por el cansancio y la expectación.

Puedo llegar incluso a torturarme viendo filmes que, a pesar de tan distinguida distinción (valga la redundancia), para mí no tienen ni pies ni cabeza. Dramas densísimos, historias lentas, películas en blanco y negro sin subtítulos claros, guiones que parecen escritos en un idioma que no domino.

Todo con tal de no llegar a la noche de los premios sin saber quién es quién o qué es qué, sin poder decir "ah, sí, esa la vi" cuando mencionan un nombre impronunciable.

Mi esposo me sigue la corriente. Ve las películas conmigo aunque prefiera los "clavos" que se caracterizan por muertes, explosiones y hombres de cabeza rapada con voz ronca sosteniendo un arma y dando golpes a diestra y siniestra.

Generalmente, estos actores son rusos o croatas, o imitaciones inglesas con mal acento que fingen ser del Bronx.

Él hace un esfuerzo genuino por entrar en mis dramas existenciales y mis historias de época con corsés y miradas intensas, y yo hago un esfuerzo heroico por no dormirme cuando él pone algo donde todo explota a los cinco minutos.

Además, aunque no le interesen ni la alfombra roja ni los nombres de la mayoría de las estrellas que desfilan ante mis

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