Ese que fui
El dedo en el gatillo
Yo pudiera escribir de otra manera. Contar, por ejemplo, de mi niñez envuelta en caramelos consumidos lentamente, como si fueran muñecos diluidos en agua. También mi fantasma degustó chocolates deliciosos que crujían entre mis dientes como piezas inconclusas de una guitarra en su apogeo. Prefería panecillos dulces y capuchinos envueltos en miel, porque mi devoción era esperar la llegada de mi padre con una cajita llena de esas golosinas que olían a divinidad, aunque después sirvieran de preludio que incendiaban mi salud sin yo saberlo.
Esos sabores me fueron preparando para asumir un gusto por otros desiguales que todavía hoy desvían mi atención debido a sus exce
Me he referido esa debilidad que tampoco era exclusiva, porque la niñez es hija de emociones que corren por gargantas, esos espacios llenos de sabores celestiales. Con el paso del tiempo, mi prisa por salir a la calle con la comida mal digerida, para perder el tiempo en urgencias tontas, fue un agorero, como el ave de rapiña que devora su presa y sale volando al infinito llevando consigo los rasgos de la mala digestión.
Mis dientes, llenos de caries, los fui perdiendo uno a uno por andar como un fantasma detrás de lo que no existe. Odontólogos moderados trataron de ayudarme con operaciones riesgosas. Pero mis molares mal enraizados permitieron el embrujo de mi juventud y hoy apenas puedo distinguir mis escasas huellas de salud bucal.
Podría contar que durante mis salidas a pescar sin carnada me detenía ante parajes inciertos. En esas aventuras buscaba entre rocas algún molusco que el mar se encargaba de apartar de mis anzuelos con prisa casi anecdótica, como si un pez sagrado se hubiera alimento conta maños desperdicios. Mi manía era llegar a casa en la noche para narrar historias que nunca sucedieron, y de mirar de reojo como mi abuela materna reinaba, sin recato alguno, en aquel emporio que alguna vez fue vivienda. Tal vez, en mi proceso de recapacitación habría mantenido un noviazgo con aquella muchacha de ojos dormidos y perfil dilatado, preferida por su madre para venderla como un dechado de felicidad.
Tampoco me habría hecho el loco para escapar del ejército en busca de una falsa identidad que no pude encontrar jamás, en vez de pedirle a mi madre que intercediera ante mis superiores militares para sacarme de aquel infierno con olor a mediocridad.
Fui demasiado vehemente al andar por el Vedado, tomando helados, comienzo pizzas y sentado en la misma butaca para “disfrutar” el olor a cine, como quien va en busca de su propia destrucción.
Siempre vi la planicie de aquel presente, pero me conformé con seguir el ritmo de una orquesta diezmada hasta que la realidad tocó a mi puerta. Eso, sin darme cuenta, llegó a ser perfecto. Detrás de aquello se encontraba la mano del tiempo.
Fui feliz a mi manera y aquella circunstancial felicidad me costó caerme de la cama y despertar de mi sueño placentero. Comprendí que mis tres hijos jamás pidieron respirar la desesperanza y dediqué mi vida a ellos, olvidándome “del pan que a la puerta del horno se nos quema”.
Admiro a las sirenas porque no pierden sus escamas. Intento ser como quien se da a la búsqueda del eslabón perdido.
Las pocas escamas que adornan mi cuerpo restringido, todavía conservan ese sabor a mar de mi infancia más sublime, mi juventud equivocada y mi vejez donde trato de sobrevivir para que mis nietos vean y comprueben los diafragmas de un abuelo incapaz de mantenerse al lado de sus crepitares.
Opinión
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