Una difícil encrucijada
Lo que en los sueños más febriles de algunos asesores/aliados del presidente Trump prometía ser un paseo, aparenta no serlo. El espectacular resultado de Venezuela empujó a muchos a una zona de confort desde la cual, decidieron comparar peras con limones. En teoría, el descabezamiento del régimen iraní debió desencadenar un proceso interno de reflexión y decisión que asumiera que, ante la certeza de más ataques, lo sensato sería “negociar”, en modo “hermanos Rodríguez”. Al parecer, no todas las variables fueron tomadas en cuenta. O bien los muchachos de Langley no hicieron bien el trabajo o bien no les hicieron caso. En los hechos, la guerra se antoja más larga de lo que fue proyectada, si es que acaso no fue originalmente concebida como un raid incesante de corta duración que propiciaría en pocas horas la rendición de Teherán, sin poner botas en el terreno. El lenguaje no verbal de los actores, el cambio de discurso y de relato, la búsqueda de un casus belli creíble (y vendible a la opinión pública), la activación del sistema de alianzas occidental, la apuesta a la regionalización del conflicto por parte de Teherán, el bloqueo de Ormuz, la radicalización del discurso interno en Irán, –etc.–, parecen indicar que cada uno está conforme en su trinchera. Con pocos elementos para evaluar; con toda la información servida sesgada, contaminada y parcializada; con censura militar; prensa comprada, amenazada o autocensurada; proyectar qué puede pasar es un ejercicio especulativo y temerario. Lo que sí podríamos afirmar, a 11,650 km de distancia del conflicto, es que su impacto lo sentiremos, tarde o temprano. Los fundamentos del país son robustos, las principales variables económicas están bajo control y el gobierno trabaja contrarreloj en un paquete de medidas de contingencia, pero… es prioritario desde ya comunicar en torno a la naturaleza externa de una guerra de la que no somos parte, hacer acuerdos y pactos, socializar impactos y asumir con honestidad y responsabilidad que todos tendremos que hacer ajustes. Es lo que toca. Para un país importador neto de combustible, el aumento del barril del petróleo constituye un desafío mayor. Cerrando ayer el West Texas a USD74.66, el incremento ha sido de 11.4% en cuatro días. Algo manejable si estuviéramos en un escenario que ha llegado a su máximo de tensión acumulada, no a la antesala de operaciones de mayor envergadura. Reputados analistas indican que, de continuar, en 2-4 semanas el barril podría situarse sobre US100, algo que se encuadra con la duración anunciada por Trump el pasado lunes. Con un barril proyectado a US47.80 en el presupuesto 2026, el gobierno tendrá que elegir entre aumentar el precio de los combustibles, absorberlo (para evitar una espiral inflacionaria interna) o jerarquizarlo; y deberá hacerlo recortando gastos, aumentando impuestos o subsidiando con reservas.