Guerras, crecimiento, cultura, realidad e ilusión
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Guerras, crecimiento, cultura, realidad e ilusión

A dos días de que el BanCentral informara un crecimiento de 3.5% del PIB nacional finalizando enero, 2026, el mundo ingresó a otra guerra. O, mejor expresado: retomó aquella que Israel y los Estados Unidos iniciaron a mediados del 2025 contra Irán, e interrumpieron para “dar oportunidad a la diplomacia”, para arribar a acuerdos que comprometieran a Teherán a detener su programa nuclear, considerado por sus competidores un riesgo y amenaza a su supervivencia, superioridad y seguridad. En febrero 25 supimos que nuestra economía despuntaba entusiasta, con una perspectiva de estabilidad auspiciosa, por lo cual la Junta Monetaria (JM) decidió mantener su Tasa de Política Monetaria (TPM) en 5.25% anual, factor determinante del precio del dinero. Los agentes económicos percibieron la favorabilidad climática. Algunas entidades ajustaron sus proyecciones y desempeño a su potencial. El señor Manuel Alejandro Grullón, Presidente del Grupo Popular, comunicó que los préstamos reducirían pronto, producto de la precitada estabilidad de la TPM. Ello tendría, dijo, como efecto, un ligero incremento de la inflación. Si el IPC no varía, superando los pronósticos oficiales que fundamentan la política macroeconómica, no deviene en factor preocupante. Sí cuando entra en bataola respecto al rango meta. Felicidad si no: la gente y la economía prefieren una razonablemente avituallada a otra con M1 y M2 restringidas, ante tal situación protestarían: “Y los cuartos, ¿dónde están, Señor?”. Días antes (febrero 12), la Asociación de Industrias (AIRD) publicaba que el Índice Mensual de Actividad Manufacturera (IMAM) pasaba de 49.1 en dic., 2025 a 51.24 en enero, 2026: 2.14 más. En tal momento, irrumpió la guerra: el exabrupto de ese lado “oscuro” que la condición humana no logra superar: el instinto guerrero, el conflicto, la violencia, la pertenencia territorial. Para la cultura y las artes son —en cualquiera de sus formas— su reverso, antítesis y negación; su amenaza mayor; el peor enemigo de las civilizaciones que la cultura erige, funda y hereda de generación en generación. Estas disciplinas humanas —y las actividades que bajo su modo de ser y pensar acoge y propicia— consideran las guerras como la declaración mayúscula y tangible de su propio fracaso; del casi nulo desarrollo y avance de los sentidos de justicia, belleza y confraternidad en nuestras sociedades. Por eso, de las guerras la cultura huye. Y —¡vaya paradoja!—, también la guerra funda y acumula milenarias habilidades, saberes y técnicas: su cultura; herramientas para conocer y comprende sus originarias causas: el Poder. Hoy, de la desconfianza y del decir hiriente, renace; de la ofensa continua, del escarnio; de evidentes propósitos de agresión y competencia existencial mutuas. Baste observar desde los zapatos ajenos la cantidad de fuego disparados desde Irán para inferir la licitud del temor a que desarrollen más su poderío militar. Entretanto, lejos de fuegos, detonaciones y derrumbes, preservemos el ímpetu laborioso y optimista de nuestro despuntar económico 2026. ¡A trabajar!, que el precio del petróleo solo ha aumentado 1% (Reuters). ¿Se encuentra el sentido de lo de Venezuela, del presidente Trump? Vigencia de Maquiavelo y de la doctrina cultural de la guerra en pleno siglo XXI. ¿Doloroso?, sí. Lo diferente, sin embargo, es ilusión.

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