Lo que dijo Magín
Hay espacios que, más que físicos, son simbólicos. Los almuerzos de la Cámara Americana de Comercio son uno de ellos. Allí no se habla solo para quienes están en la sala. Se habla también para inversionistas, empresarios, organismos multilaterales y, en definitiva, para el país. En ese escenario, el ministro de Hacienda y Economía decidió comenzar hablando de lo que no hablaría. No hablaría de que la inversión extranjera superó los cinco mil millones de dólares. Ni de que las remesas alcanzaron cifras récord. Ni de que el riesgo país se encuentra en mínimos históricos. Tampoco de que la inflación permanece dentro del rango meta ni de que la pobreza monetaria está en su nivel más bajo. El punto era otro. Los buenos datos existen, pero no sustituyen el debate de fondo. Magín empezó por el contexto internacional. El quinquenio 2020-2025 ha sido uno de los períodos de menor crecimiento global desde los años sesenta. A la guerra en Europa se suman tensiones geopolíticas persistentes, cambios en las cadenas de comercio mundial y tasas de interés elevadas en Estados Unidos. En ese entorno, sostuvo, preservar la estabilidad macroeconómica ya representa una tarea exigente. Pero su argumento central no era defensivo. Era una advertencia. Durante décadas la economía dominicana creció alrededor del cinco por ciento anual. Ese dinamismo permitió avances importantes en inversión, empleo y reducción de pobreza. Sin embargo, también ocultó distorsiones estructurales. El modelo dominicano se apoyó principalmente en la acumulación: más capital, más empleo, más construcción. Ese patrón puede sostener el crecimiento durante años, pero no necesariamente mejora la productividad. Por eso Magín colocó la productividad en el centro del debate económico. Aumentarla implica mejorar el capital humano, reducir trabas regulatorias, fortalecer la competencia y orientar con mayor precisión la inversión pública. Pero también exige revisar incentivos que hoy distorsionan la asignación de recursos. En ese punto introdujo un concepto incómodo: los llamados “precios mentirosos”. Tarifas eléctricas que no reflejan los costos reales, subsidios que se vuelven permanentes, impuestos que pierden eficacia con el tiempo o valores catastrales desactualizados. Cuando los precios dejan de reflejar la realidad económica, la economía comienza a asignar mal sus recursos y el crecimiento potencial se deteriora. Corregir esas distorsiones, explicó, no puede hacerse de forma abrupta. Las reformas necesitan gradualidad para preservar estabilidad social y claridad para mantener la confianza de quienes invierten. También recordó una relación básica que a veces se pierde en el debate público: crecimiento económico y disciplina fiscal no son objetivos opuestos. Sin disciplina fiscal no hay credibilidad. Sin credibilidad no hay inversión. Y sin inversión sostenida resulta difícil aumentar la productividad. Las recientes colocaciones de bonos en condiciones favorables reflejan precisamente esa credibilidad acumulada. La advertencia implícita en su discurso fue clara. El mayor riesgo para una economía no suele ser una desaceleración coyuntural, sino la tentación de posponer las reformas necesarias. Experiencias internacionales muestran que cuando las distorsiones se acumulan y las reformas se detienen, el crecimiento potencial comienza a debilitarse. La República Dominicana no enfrenta hoy un problema de solvencia. Enfrenta un desafío de eficiencia. El mensaje de Magín, leído con atención, no fue un ejercicio de complacencia. Fue más bien un recordatorio de que la estabilidad económica dominicana es el resultado de decisiones acumuladas durante años y que preservarla exige avanzar en reformas que permitan liberar nuevas fuentes de crecimiento. Hacerlo con serenidad, pero sin miedo, parece ser el desafío de la próxima etapa.