La ciencia no es un lujo
Nuestro país está en cerca de caer en la trampa del ingreso medio. Durante demasiado tiempo, muchos países en desarrollo han tratado la ciencia como un complemento opcional, algo a lo que se puede aspirar una vez que las carreteras estén construidas, las deudas pagadas y el crecimiento asegurado. Esta lógica no solo es errónea; es peligrosa. Como advirtió célebremente Vannevar Bush, “la investigación, la ciencia, y la tecnología son el marcapasos del progreso”. Sin marcapasos, el corazón termina por detenerse. Y sin la ciencia en su núcleo, el corazón económico de una nación acabará haciendo lo mismo. Bush comprendió que los países que dependen de otros para obtener nuevo conocimiento científico estarán “lentos en su progreso industrial y débiles en su posición competitiva en el comercio mundial”. Esa advertencia resuena con fuerza hoy. Nuestra economía está “viviendo de sus reservas”, consumiendo recursos naturales y beneficios heredados sin crear nuevas fuentes de valor. Este es el camino clásico hacia la trampa del ingreso medio: el crecimiento se estanca cuando un país no logra pasar de la extracción de recursos a la creación de conocimiento. En el centro de este problema está la confusión entre capital natural y capital científico. Bush fue claro: “la investigación científica básica es capital científico”. Los nuevos productos y procesos no surgen de la nada; se basan en principios descubiertos en los ámbitos más puros de la ciencia. Sin embargo, nuestra estrategia de desarrollo sigue siendo peligrosamente desequilibrada. Liquidamos playas, bosques, minerales y ecosistemas para generar ingresos de corto plazo, pero no reinvertimos esas rentas en construir capacidades científicas. Tratar el medio ambiente como un negocio en liquidación puede enriquecer el presente, pero hipoteca el futuro. Nuestros hijos pagarán el precio. La alternativa estratégica es evidente, aunque políticamente incómoda: utilizar la riqueza derivada de los recursos naturales para financiar un sistema nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (I+D+i). Así es como los países transforman una posible maldición de los recursos en un ciclo de prosperidad sostenible. Aún más alarmante es el costo humano. Bush sostenía que la inteligencia de la ciudadanía es un recurso nacional que supera a todos los demás. Sin embargo, hoy el acceso a la formación científica y a la educación superior sigue estando determinado en gran medida por el ingreso familiar, el lugar de nacimiento y las conexiones, no por el talento. Los programas de becas y ayudas financiados por el Estado no son caridad; son inversiones estratégicas. La inteligencia no gotea desde arriba. Debe buscarse y cultivarse activamente, igual que se extrae el oro. Esto nos lleva al papel del Estado. Dejar la investigación en manos exclusivas del sector privado es insuficiente, ya que la investigación básica es, por naturaleza, no comercial. Se necesita una institución pública permanente e independiente, con financiamiento estable y de largo plazo, que actúe como motor del conocimiento y no como un proyecto pasajero. Sin ella, la dependencia del conocimiento extranjero se convierte en una condición permanente, debilitando tanto la soberanía como la resiliencia. Actualmente la República Dominicana invierte sólo el 0.003% de su Producto Interno Bruto hacia el desarrollo de I+D=+i, gracias a la creación de Fondocyt. ¿Qué sucede si este fondo desaparece? Como nación insular expuesta al cambio climático, a la degradación ecológica y a amenazas a la salud pública, no podemos limitarnos a importar soluciones. Sin capacidad científica local, ningún avance en otras áreas puede garantizar nuestra salud, seguridad y prosperidad. La ciencia no es un lujo de los países ricos. Es el latido vital de cualquier nación que aspire a sobrevivir y prosperar. Director de Investigación de INTEC Carlos.sanlley@intec.edu.do