La vida en el ciberespacio
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La vida en el ciberespacio

He estado pensando cómo abordar este tema sin que sea malinterpretado ni cause innecesaria alarma. Hemos hablado del mundo digital, del espacio virtual y de cómo hoy casi todo cabe en una app o se resuelve con ayuda de la inteligencia artificial. Lo que muchos aún no advierten es que esta digitalización implica algo más profundo: el mundo real ha sido convertido en datos. Código, ceros y unos, impulsos eléctricos, bits y bytes. Esos datos residen en el ciberespacio, en lo que llamamos la nube, que no es otra cosa que enormes centros de procesamiento distribuidos alrededor del mundo. Hasta ahí todo parece estar en orden. Pero surge una pregunta distinta: ¿qué ocurre cuando lo que se transforma de real a virtual somos nosotros? Nuestra identidad -la información que nos hace únicos- pasa a existir como datos: registros personales, biometría, patrones de consumo, de navegación en Internet. Esta digitalización puede iniciarse por decisión propia o por terceros, con o sin nuestraautorización, por empresas privadas o incluso el propio Estado. Esa identidad digital se asume válida. Pero ¿quién valida que ese “yo” virtual corresponde realmente a la persona? ¿Quién garantiza que los datos no han sido alterados o utilizados indebidamente? En la República Dominicana hemos iniciado el proceso de renovación de la cédula de identidad. Modernizar el documento físico es necesario. Sin embargo, la cédula ya no es solo un plástico con fotografía: representa la digitalización de nuestra persona y será la llave de acceso a servicios financieros, tributarios, de salud y de seguridad social. La pregunta inevitable es si los datos que constituyen esa identidad están suficientemente protegidos tanto tecnológica como legalmente. Sin un marco legal moderno y eficaz de protección de datos personales, la digitalización avanzará más rápido que las garantías. La identidad, cuando se vulnera, rara vez vuelve a ser la misma.Y eso nos trastorna la vida. Digitalizar es fácil. Proteger es responsabilidad. Y un país que acelera la digitalización de sus ciudadanos sin blindar su identidad, corre el riesgo de convertir el progreso en vulnerabilidad permanente.

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