Rendición de cuentas: ¿ficción o realidad?
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Rendición de cuentas: ¿ficción o realidad?

El pasado 27 de febrero, el presidente Luis Abinader presentó su rendición de cuentas con un tono firme y técnicamente estructurado. Hubo cifras, comparaciones internacionales, anuncios de inversión y una defensa cerrada de la estabilidad macroeconómica. Su mensaje es que el país mantiene fundamentos sólidos. Pero la política pública no se evalúa únicamente en porcentajes agregados; se mide en la mesa del dominicano, en la farmacia del barrio, en el precio del transporte diario y en la confianza que inspira el ejercicio del poder. El crecimiento económico fue uno de los ejes centrales del discurso. Sin embargo, cerrar 2025 con un 2.1% no es liderazgo regional ni aceleración estructural; es desaceleración. Más aún cuando sectores como turismo, zonas francas y remesas mostraron dinamismo. Si con esos motores encendidos el PIB apenas avanza, la realidad es que hay un problema estructural importante. Algo está limitando la transmisión de ese dinamismo hacia el resto de la economía. Mientras los cimientos de la macroeconomía se muestren estables, pero la microeconomía se mantenga resentida, la narrativa política pierde validez y fuerza. La inflación promedio puede parecer controlada en los informes técnicos, pero la inflación que golpea al ciudadano no es la agregada; es la de los alimentos, el transporte, la vivienda y la salud. Los alimentos aumentaron alrededor de un 8%, afectando con mayor intensidad a los hogares de menores ingresos. El poder adquisitivo real, es decir, el salario promedio frente a canasta media, no fue el centro del debate. Tampoco lo fue el impacto de las tasas de interés sobre el crédito hipotecario y el financiamiento de las MIPYMES. El Presidente defendió la creación de empleos como uno de los principales logros. Sin embargo, más de la mitad de los nuevos puestos fueron público y otro 20% correspondió a servicio doméstico. Cuando el Estado crece más rápido que la producción privada, la sostenibilidad futura se convierte en interrogante. El empleo público puede aliviar coyunturas, pero no sustituye la expansión productiva. La informalidad, el desempleo juvenil y la baja productividad siguen siendo problemas estructurales que requieren reformas de fondo, incluyendo la modernización del Código Laboral y ajustes en el sistema de seguridad social. Sin cambios en los incentivos, la meta de formalización seguirá siendo aspiracional. En el plano fiscal, el desafío es igualmente delicado. Para 2026 se proyecta un servicio de deuda que supera los RD$324 mil millones en intereses. Son recursos que no irán a inversión productiva, salud ni educación. Vale la pena preguntarse en qué momento se evaluará la calidad del gasto con criterios de costo-efectividad. En materia de inversión pública, el discurso enumeró obras y avances. Pero faltó algo esencial: impacto medible en productividad. ¿Cuáles son las infraestructuras que realmente aumentan competitividad? ¿Cuánto tiempo y dinero pierde el país diariamente en cuellos de botella como el tránsito urbano o las deficiencias logísticas? 

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