Movimiento no es desplazamiento
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Movimiento no es desplazamiento

La semana pasada el presidente presentó su rendición de cuentas en un discurso que se extendió por más de dos horas. Como ya es habitual, escuchamos un amplio inventario de acciones, inversiones, inauguraciones, programas nuevos y promesas que dibujan un futuro brillante. Sin embargo, más que entrar en una discusión puntual sobre cada cifra o cada comparación utilizada, prefiero detenerme en algo más trascendental, que resumo en una frase sencilla: podemos pasar 100 años escuchando discursos como éste y, como país, permanecer prácticamente en el mismo sitio, porque nada de lo anunciado mueve verdaderamente la aguja. Y es que no es lo mismo movimiento que desplazamiento. Una persona puede pasar horas en una mecedora, balanceándose de adelante hacia atrás con intensidad, convencida de que está haciendo un gran esfuerzo. Se mueve, sin duda, pero cuando se levanta sigue exactamente donde comenzó. Lo mismo ocurre con las políticas públicas: pueden generar mucha actividad, mucho ruido y mucha energía, sin producir un avance real en la calidad de vida de la gente. Es completamente normal que un gobierno haga muchas cosas. Cada año existe un presupuesto que ejecutar y, naturalmente, ese dinero se traduce en compras, transferencias, contrataciones, inauguraciones y nuevos programas. Pero gastar mucho no equivale a transformar la realidad de un país, y adquirir bienes no es lo mismo que lograr resultados. La acción gubernamental no se evalúa por la cantidad de acciones realizadas ni por el esfuerzo desplegado, sino por el impacto concreto que genera en la vida de las personas. Tomemos el caso de la educación En estos casi seis años, el país ha destinado más de veintitrés mil millones de dólares al sistema educativo. Sin embargo, hoy tenemos 194,397 niños menos en las aulas que en 2019. El panorama se torna aún más preocupante cuando observamos la calidad de los aprendizajes, pues según los resultados de las pruebas nacionales de 2024, los nuevos bachilleres obtienen peores calificaciones que en 2019 en todas las materias evaluadas. Ante esta realidad, surge una pregunta incómoda pero inevitable: ¿cómo es posible que, después de seis rendiciones de cuentas hablando de “logros históricos en educación”, tengamos menos estudiantes y peores resultados académicos? La respuesta es clara: hemos confundido movimiento con desplazamiento. Algo similar ocurre en el sector salud. En estos años, el presupuesto público destinado al sistema sanitario supera los doce mil millones de dólares, y en cada discurso se destacan los supuestos avances “históricos”, incluyendo la expansión de SENASA, punto de lanza de los discursos pasados. Sin embargo, en 2025 la mortalidad materna fue de aproximadamente 120 por cada 100,000 nacidos vivos, muy por encima de la mortalidad de 96 registrada en 2019. Esto nos coloca en una posición preocupante en el continente americano, solo superados por Haití, Venezuela y Bolivia. Resulta difícil conciliar esta realidad con el relato oficial de avances sostenidos en salud. El problema de fondo es que un modelo basado en gastar mucho y lograr poco eventualmente se agota, y el país ya está dando señales claras de agotamiento. En 2025, la República Dominicana registró el segundo menor crecimiento económico de América Latina, solo por encima de México, algo similar a lo ocurrido en 2023, cuando quedamos entre los cuatro países de menor dinamismo en la región. Durante cinco décadas fuimos líderes de crecimiento en América Latina; hoy, en cambio, nos encontramos en los últimos lugares. Y, como es natural, esta desaceleración impacta negativamente el mercado laboral. Si comparamos finales de 2025 con igual período de 2024, se crearon 100,544 empleos formales, cifra celebrada con bombos y platillos por el gobierno. Sin embargo, el relato oficial omitió precisar que 75,461 de esos empleos fueron generados en el sector público. En otras palabras, tres de cada cuatro nuevos empleos formales provinieron de la expansión de la nómina estatal. Este dato abre un debate fundamental sobre el modelo de desarrollo que estamos construyendo. ¿Puede un país avanzar sobre la base del crecimiento permanente de la nómina pública, el asistencialismo y las pensiones políticas? ¿Puede salir adelante con peores resultados en educación y salud, pese al enorme volumen de recursos invertidos? ¿Puede progresar con el nivel más bajo de inversión pública en los últimos 60 años? ¿Puede aspirar a un desarrollo sostenible incrementando la generación eléctrica a base de barcazas, enfrentando apagones generales y registrando los mayores niveles de pérdidas de las distribuidoras en casi dos décadas? La respuesta es evidente: no Por más discursos llenos de cifras —cuyo uso y puntos de comparación bien podrían analizarse con mayor rigor—, por más videos atractivos para redes sociales y despliegues de influencers tanto en la rendición de cuentas como en FITUR, transformar las condiciones de vida de un país exige menos parafernalia y más políticas públicas serias, de esas que realmente mueven la aguja. Y no, lanzar un cohete al espacio desde Oviedo no es la solución. Tampoco lo es la refinería en Guyana anunciada en 2023, ni el Tren Metropolitano del Gran Santo Domingo cuya licitación se programó para julio de 2021, ni el hub de innovación (DR Silicon Beach) prometido en 2021, ni los estudios de cine ofertados ese mismo año, ni los parques temáticos estilo Disney World anunciados en 2020. En pocas palabras, anuncios llamativos que solo sirven para lograr titulares. En resumen, la República Dominicana no necesita más discursos extensos cargados de cifras cuestionables y promesas grandilocuentes; necesita una hoja de ruta sostenida por políticas públicas orientadas a resultados. Necesita menos bulto y más profundidad. Necesita menos espectáculo y más reformas estructurales. Porque, al final, la historia no juzga por la cantidad de anuncios realizados, sino por la calidad de vida que se logra transformar. Y si seguimos confundiendo movimiento con progreso, dentro de algunos años podremos mirar atrás y decir que hicimos muchísimo… pero que seguimos exactamente en el mismo sitio.

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