Sobre la rendición de cuentas
Es irónica la forma en que la democracia se devora a sí misma. La forma en que damos por ciertos algunos derechos; que asumimos como cotidianas las obligaciones que pesan sobre quienes detentan el poder; como si fuera una gracia divina y no una conquista social. De ahí que, en términos ciudadanos, no valoremos correctamente que un presidente acuda al Congreso Nacional los 27 de febrero a rendir cuentas, y a dar cumplimiento a lo establecido en la constitución, quedando el acto circunscrito más bien a la estética de lo político, y a servir de escenario en donde se escenificarán –en otro nivel y amplitud– las luchas cotidianas entre gobierno y oposición; expresadas en clave de si el presidente hizo o no hizo lo que dijo que hizo; o, cayendo en clichés tradicionales y gastados, de si fue una rendición de cuentas o de cuentos. El presidente Luis Abinader fue al congreso el pasado viernes, pronunció su discurso y rindió cuentas. Ofreció datos, enumeró obras, ejecuciones físicas, acciones institucionales, medidas legislativas, etc. También aprovechó para recordar que todo su accionar gubernamental está estructurado en torno a la lucha contra la corrupción y la impunidad… su “brújula inamovible”. Quizás la palabra SENASA se le atoró en la garganta al momento de pronunciarla, pero no tuvo miedo, y, sin importar las consecuencias, la dijo… y también dijo que no habría contemplación al respecto. El presidente dijo lo que tenía que decir –lo que le tocaba–, y lo hizo bien. Lo de la forma y la extensión son aspectos discutibles y mejorables… siempre lo son. La oposición, por su parte, se expresó de diferentes maneras. El primero en ripostar fue Leonel Fernández (FP), en una alocución bien estructurada y con una línea discusiva coherente que cuestionaba –con respeto y contundencia– el discurso de Abinader, como manda el manual opositor. El PLD, por su parte, ha sido más consistente en criticar al gobierno, desde las palabras de su secretario general –el mismo viernes–, hasta las declaraciones de algunos de sus aspirantes, secretarías y expertos, con un despliegue amplio de críticas y datos. Con la rendición de cuentas un viernes y lo de Irán un sábado, es poco lo que queda para la semana de noticia. La rendición de cuentas probablemente se irá diluyendo y la mayoría de los funcionarios del gobierno –con su silencio–, tampoco ayudan a evitarlo. Lo deseable sería que toda la semana ese fuera el tema, y que a cada información servida por el presidente la oposición pudiera oponer críticas y datos. La democracia se enriquece en el debate y a cada actor le toca desempeñar su papel. Ciertamente, aunque en esta última rendición al gobierno le ha sido más fácil ejercer su rol de gobierno, que a la oposición ejercer el suyo, reconforta ver que todos hacen su tarea, y que la hacen bien.