Abinader y el PRM: ¿popularidad para qué?
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Abinader y el PRM: ¿popularidad para qué?

Hace 12 años, en esta misma columna, me tocó emplazar al entonces presidente Danilo Medina con una pregunta similar. Hoy, en circunstancias históricas distintas, me corresponde preguntar al presidente Luis Abinader y al Partido Revolucionario Moderno (PRM): ¿Poder político para qué? ¿Mayoría congresual para qué? ¿Popularidad para qué?. Me explico. Pierre Bourdieu, destacado sociólogo francés, definía el capital político como una suerte de operación crediticia mediante la cual la sociedad “presta” poder a quien considera confiable.. El capital de popularidad, por su parte, es el que posee un líder reconocido como portador de capacidades relevantes para el conglomerado social.. El PRM construyó su capital político sobre la promesa del cambio, su eslogan en 2020 y 2024. En el caso del presidente Abinader, su capital de popularidad se ha basado en la imagen de un hombre honesto, cercano e intolerante frente a la corrupción, incluso cuando esta involucra a funcionarios o allegados.. En coherencia con ese relato político, el buque insignia del gobierno ha sido la transparencia, la institucionalidad y la lucha contra la corrupción y la impunidad.. Ese capital funcionó. El PRM llegó al poder en 2020 y fue reelecto en 2024. Hoy, el presidente Abinader figura entre los mandatarios latinoamericanos mejor valorados por la ciudadanía, según CB Consultora Opinión Pública, y el país ha mostrado mejoras en el Índice de Percepción de la Corrupción y el Índice de Capacidad para Combatir la Corrupción (CCC).. Pero el punto no es cuánto capital político se tiene, sino cuánto se está dispuesto a invertir. El problema no es la popularidad. El problema es no usarla.. Hoy el PRM y Luis Abinader no solo cuentan con popularidad: tienen mayoría congresual y municipal. Y esa combinación no es frecuente en la historia política dominicana. Entonces la pregunta vuelve a imponerse: ¿Para qué?. Sobre la mesa país reposan reformas estructurales que requieren decisiones trascendentales. Reformas que ameritan precisamente la inversión de ese capital político. Y, sin embargo, pareciera que muchas se postergan para no sacrificar popularidad.. Lo más cuestionable es que esas reformas han sido prometidas por el propio gobierno, pero hoy parecen dormir en brazos de Morfeo.. Ahí está la reforma a la seguridad social: fallida hasta ahora, pero urgente por su impacto directo en la salud y las pensiones. Basta observar cómo otros países de América Latina y Europa han enfrentado inestabilidad social por conflictos relacionados con estos temas.. Con Morfeo también descansan la reforma del sector eléctrico, la fiscal y la de hidrocarburos. Es cierto que se ha avanzado en la reforma policial y se han dado algunos pasos en la modernización del Estado, el transporte, el agua, la calidad educativa y la transformación digital. Pero todavía, en esas áreas, no podemos hablar de reformas.. He aquí lo preocupante: no estamos produciendo reformas estructurales proporcionales al capital político acumulado ni al momento que vive el país.. Sé que como nación enfrentamos limitaciones de recursos. Pero hay transformaciones que no dependen exclusivamente del dinero, sino de decisiones, voluntad política, gerencia y cumplimiento de las leyes vigentes.. No se puede gobernar con miedo ni en función de las redes sociales. Hay decisiones que deben tomarse porque son correctas, aunque no sean populares en el momento.. El Metro de Santo Domingo lo demuestra. La decisión del entonces presidente Leonel Fernández fue profundamente polémica y generó críticas —la mía incluida—. Sin embargo, con el paso del tiempo, se ha convertido en una infraestructura clave para la movilidad urbana.. Tampoco todas las decisiones trascendentales se alcanzan por consenso. La democracia implica diálogo, sí, pero cuando los intereses son irreconciliables, corresponde al Estado decidir en función del interés colectivo.. Y es que el tiempo pasa. El capital político que no se invierte se devalúa. Y eso podría traducirse, con el paso de los años, en oportunidades desperdiciadas.. Después de todo, la historia no recuerda popularidades. La historia recuerda decisiones y no absuelve las oportunidades perdidas.

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