Estatuas
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Estatuas

Las estatuas parecen puntos perdidos. Solo sirven para una supuesta honra, para que todos vean una imagen amorfa de alguien que fue. Se erigen en plazas públicas por donde cruza la gente o los autossin detenerse a mirar de frente a una figura célebre en otro contexto. Las personas no entienden quién es, ni lo que hizo, y los perros duermen a su alrededor como si fueran muñecos tendidos al azar. Algunas quedan sepultadas en el tiempo o caen de su lugar por un populacho enardecido, sediento de hazañas. Hay Estatuas y estatuas. Manipuladas, extravagantes o sinceras, casi siempre no se levantan con la mano de Dios sino con criterios gubernamentales porque los sitios públicos deben estar presididos por estatuas aunque los niños den rienda suelta a su inocencia y les lancen globos, esmeraldas o dulces putrefactos. He decidido vivir en la República Dominicana, país donde en cada provincia se erige una estatua al héroe de la patria. Pero también a otras figuras de otros pueblos. En Cuba, a su apóstol de la independencia, José Martí, se le ha despojado de su labor de poeta e intelectual para vestirlo de guerrero, sin serlo. Por eso murió en Dos Ríos, machete en mano y encabezando la primera tropa de mambises que conoció en vida. Ese Martí político, guerrero y estratega es al que el gobierno le rinde culto hoy, porque no hay emblema que lo signe a otra profesión. Y no se toman en cuenta sus obras completas, donde la crónica de época, la poesía, la literatura infantil, el derecho, la religión, las ciencias sociales, los discursos y los análisis periodísticos brillan por encima de otro tipo de páginas. Las guerras de independencia solo hacen cadáveres. Las figuras se tuercen por coyunturas que obligan a adoptar determinado tipo de estatus para manipularlos. Guillermo Tell nunca existió. Como tampoco Sandokan, Sherlock Holmes o Hércules Poirot. Fue la ficción literaria la encargada de recrear sus “aventuras” y difundir varios episodios epocales como suyos. Me encontré en Santo Domingo con el escritor cubano Antonio Benítez Rojo. Me invitaron a un panel televisivo junto a tres intelectuales que debíamos preguntarle sobre su obra y su vida. Yo casi no hablé de tan solo mirarle el rostro a aquel escritor, ya maltrecho, uno de los grandes de las letras cubanas por los años 80 y 90. Un panelista tomó la batuta y no la soltó jamás ante la mirada atónita del otro invitado y un servidor quienes solo presenciabamos sus gestos y palabras esperando que las manecillas de su reloj se detuviera para que aquel monólogo se detuviera y el escritor invitado se marchara en paz. Antonio Benítez Rojos es el autor de un cuento memorable que fue llevado al cine por Tomás Gutiérrez Alea, “Los sobrevivientes”, aunque la cinta tuvo como título “Estatuas sepultadas”. Se refería a la historia de una familia que permaneció encerrada en su mansión después del triunfo de Castro y allí esperó con estoicidad su propia decadencia y muerte sin pedirle ayuda a nadie para salir de aquel encierro. El filme tiene puntos de contacto con la cinta de Luis Buñuel “El ángel exterminador”. Aunque al final de la cinta mexicana los reunidos pueden escapar del encierro. Lo vivido en aquella noche de degradación humana es surrealista. los corderos bajan escaleras y los perros y ratas merodean comidas. Todo lo contrario ocurre en el cuento de Benítez Rojo: no hay escape para esa familia que no desea comprender el final que se les viene encima. Al gobierno cubano se le ocurrió erigirle una estatua de John Lennon. Al final se decidió sentar al músico en el banco de un parque habanero, con la mirada fija en un punto no determinado. Los ladrones merodearon aquello y un día, los lentes de la estatua pasaron a mejor vida y hubo que reconstruir la estatua con un material que no convocara el hurto, perro sin lentes. En las esquinas de la populosa calle Máximo Gómez con John F. Kennedy, se erigió una estatua al generalísimo Máximo Gómez, machete en mano, montado en su corcel. Una mañana amaneció el guerrillero sin su machete. Y durante cinco ocasiones más. A los pocos días de restaurado, el machete desaparecía inesperadamente. Otra vez rasgaron su sombrero. Y hasta golpearon la cabeza del alazán que sostenía su figura. Eso siguió ocurriendo hasta que el Ayuntamiento se olvidó de la esfinge. Y ya no tiene machete. Y sus alrededores no se limpian con frecuencia. Ese es el mundo de las estatuas, donde la historia, el cine, la literatura también sirven de referencia para el homenaje público. Esa ingenuidad muchas veces es ideológia. Es vulneraba a cada rato no solo por gentes que pretenden ganarse el pan, sino con los laberintos sutiles de otros contextos. 

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