Inteligencia artificial, tecnología y educación: entre la plenitud y el escozor
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Inteligencia artificial, tecnología y educación: entre la plenitud y el escozor

La experiencia vital que la actualidad ofrece es extática y plena. Vivimos un momento excepcional de la historia humana: diverso, envolvente, promisorio, lleno de riesgos y oportunidades grandes de triunfar o fracasar. En manos de las personas, nuestro tiempo ha puesto un arsenal de recursos que las generaciones anteriores a 1990 habrían considerado fascinante o, al menos, cuasi mágico. Poco importan las condiciones económicas o los anclajes sociales de las personas. El rico es rico, puede tener su laptop y teléfono móvil inteligente de alta gama y última generación. El de clase media, sin embargo, tiene otros similares que, en esencia, realizan las mismas funciones. Igualdad funcional de los empaquetados tecnológicos económicos y las marcas “inferiores”, clonadas, “carabelitas”. Resuelven sin ostentar. Para no “conchar” en un Mercedes. ¿Quién en nuestros años mozos imaginaría que un platanero, empujando un triciclo lleno de viandas y verduras, vociferando ofertas a través de calles y callejones de los sectores empobrecidos de las sociedades en vías de subdesarrollo, podría llevar, en su bolsillo, un móvil semejante a la fascinada posibilidad de comunicación inmediata, admirado como cosa fantástica en los “muñequitos” Dick Tracy Young? Hiperconectados casi sin costo o gratis cuando pueden acceder a las frecuencias de las redes inalámbricas abiertas de la tan famosa Wifi. La pregunta imponiéndose: ¿hiperconectados para compartir qué? Generalmente, se subestima lo que hemos recibido: sistemas y servicios de salud cada vez más abiertos; electricidad relativamente constante —aunque en los días recientes, no—; transporte masivo mediante los vagones ferroviarios del metro y, acompañándolos, una inmensidad de opciones tecnológicas en bienes y servicios cada vez más accesibles y diferentes con las capacidades incrementadas para que lleguemos a ser las personas que deseamos ser. Resultado feliz de la triste contradicción propia de las irrebatibles evidencias de la “tragedia de bienes comunes” formulada por Elinor Ostrom: desde pastizales y el agua a las ondas de radio… Tema que los gobiernos del Estado solo abordan para dictar las normas de la apropiación, ¡Señor! Asistimos a este tiempo desde la satisfacción y felicidad por la auto realización. Si lo deseamos y nos esforzamos, podemos conectarnos con nuestro tiempo desde la casi felicidad por la vitalidad acuciosa. Con la ambición de capacidades y saberes y de habilidades. Con las posibilidades crecientes de amar, recibir y prodigar. Somos dichosos —digo— al poder ingresar a las superficies y magmas de mundos y estrellas hasta hace un par de décadas arcanos, a la dimensión del misterio. Recibir en casa, sin esfuerzo, pulsando solo un clic, las galaxias vistas por los más recientes y formidables telescopios astronómicos puestos en órbita por la NASA y la Agencia Espacial Europea. ¿A cuáles destellos remotos los microscopios de alta potencia y el Gran Colisionador de Hadrones han viajado para llegar al interior de la materia, penetrándola mucho más allá de lo entonces conocido, para encontrarse con esos fermiones, sus constitutivos basales: los quarks, leptones y bosones, y desde ellos afirmar, empíricamente y de nuevo, que La Nada no existe; que se erige y valida solo allí donde ni la imaginación ni el instrumental aún pueden llegar? Nos deleitan esas imágenes, las fascinantes interconexiones y funciones de su oscilar. El conocimiento mucho más detallado del universo que nos comparten gracias a la astrofotografía y, desde los cielos, formidables visiones de la tierra captadas mediante fotografía satelital. Cada rincón nos está siendo revelado, cada riesgo atmosférico, cada formación nubosa, cada incendio, cada centímetro de variación en los glaciales y el mar. Sí, en vez de caer a nuestras manos, el mundo nos quiere habitar. Solo nos queda la necesidad de desarrollar capacidades para detectar las perfidias humanas, el egoísmo visceral. Desde un simple teléfono móvil o esta laptop de pocos dólares se teclea, confiados en poder conservar en texto estas ideas; corregirlas, meditarlas, volver a ellas, modificarlas, borrar sobrantes y suplir carencias; ir y venir entre fuentes de saberes acreditadas y, gracias y ellas, cambiar, mover el lugar de las ideas sin la necesidad de empezar nuevamente, como tenían que hacer los de nuestra generación, en sus viejas máquinas de escribir Remington, en los años 80. Decirlo es colegir por qué esta sensación embarga; este convencido sentimiento de realización. ¿Por qué tanta felicidad? ¿Por qué tan dichosos y agradecidos de que cada puerta que el pasado cierra, que los chismes vanos y las infundadas difamaciones intentan clausurar, solo “fertilizan” las orugas para que sus alas desplieguen su hermoso color, su delicada y efímera existencia, su propensión terral hacia las plenitudes del espacio y la luz? ¿Quién podría imaginar que las eclosiones gestan universos y ecosistemas? Y las palabras, la luz toda, la existencia. ¿Cómo explicar por qué cada adversidad empuja al crecimiento? ¿Por qué cada logro solo un punto de llegada es: peldaño superado, apoyo del deseo de continuar; pie de amigo hasta que el aliento se extinga, el fin? Este tiempo fascina, repito disfrutando. Decidiendo consignarlo, celebrándolo, grabándolo para la posteridad. Es como el sentimiento agradecido resarce. Y a la belleza, el amor. Hay alegría en compartir desde el ojo que se ha querido bello, ignorando si bello ha llegado a ser. Desde él se mira para ver el mundo y la existencia, sus nutrientes destellos. Es así cuando así se quiere. Cuando el querer es poder y el poder, hacer. Marcan y acercan el destino: la belleza y el amor. Recorrido hacia ellos, la experiencia feliz nacida del compromiso y los talentos es. Para explicar la razón por la cual vivir; por qué pisar sobre los días y la tierra sin olvidar el aire, el derecho a volar, la identidad, los antepasados, la eternidad. ¿Quién imaginaría que desde el modelo estándar de la Física podríamos ser impulsados y, a la vez construidos, como micropartículas en permanente termodinámica y “ebullición”? Sin embargo, ¿llegaremos hasta donde insiste en conducirnos el destino? ¿Nuestro momento es el del espasmo, el espanto o el de la condensación? ¿Cómo pudo, desde la Física teórica, sin constancia empírica de los fenómenos imaginados, el hombre Einstein, acompañado apenas por la soledad de sus cavilaciones, formular las leyes rectoras del macrocosmos y fundar la hoy denominada Física de la Relatividad? Los dos extremos de las existencias: macros y micros. En medio: la unidad de medida universal: la humanidad: usted, yo. Desde esa humanidad se dictan postulados, incluyendo una charla sobre la obra de Frida Kahlo, la artista mexicana. La incitan enfoques renovantes basados en verdades científicas que empujan hacia una nueva oportunidad de crecer, de autodefinirnos y de conceptuación. Si hemos de caracterizar y cualificar nuestros resultados, las obras de los artistas, “Habremos de conocerlos”, se piensa y afirma. Y sobre el artista Albert Einstein, cuya capacidad de imaginar le permitió discernir las fuerzas que mueven la estructura mayor, los fenómenos y cuerpos astrales que ocurren y habitan en él, ¿diremos qué? Al igual que Einstein, los artistas imaginan en sus soledades. Crean visiones y mundos que muchas veces han sido vistos y otras están por verse. He aquí el lazo umbilical entre arte, ciencia y tecnología. Entre imaginación y saber. Para ser veraces y certeros, auténticos y prospectivos, no se pueden desconocer o ignorar entre sí, mucho menos separar y excluir. Conocer, por ejemplo, el arte, ¿ha de hacerse desde cuáles circunstancias? ¿De la experiencia artística vital? Significaría hurgar las ecuaciones que descifran los misterios de la educación; el alma de sus actores, intérpretes y formuladores; a los proclamadores de estéticas y formas. De los artistas y Einstein, auscultar los antecedentes familiares, las relaciones de parentesco —desde las consanguíneas a las urbanas—, educativas, económicas y sociales... Significaría husmear en sus bitácoras, sus amores… Y desde tal amasijo, explicaríamos por qué la paleta es terral o luminosa; el trazo enérgico; la composición estática o dinámica; el tema humanista enamorado, de protesta e inconformidad; de rebeldías ante lo inaceptable; celebración de la vida y sus paisajes; sobre el amor familiar; la muerte o lo vital; la advertencia y las fiestas; el desenfado o la premonición… ¿Podríamos? ¿Bastaría ese amasijo de referencias y cotejos para explicar las posibles reacciones del arte y las ciencias ante la experiencia y la imaginación; ¿de algo que es más siendo menos, que es menos siendo más? De ser así, apenas artes y ciencias fueran resultados derivativos del empirismo vital; desecharían los imaginarios, el poder de soñar. Nos conducirían a lo conocido que se resiste a variar. El imperio de lo invariante eterno y universal. Mas, ¿así es o resultaría ser? Al parecer, los mueven otras razones poderosas y fabulosas, que desean advertir sobre la condición determinada y la eventualidad. El destino viene premarcado en los ADN y todavía no se puede variar. Una enfermedad antecede, grabada en la herencia genética de alguien. Químicamente, fue modelado para poder correr o cantar: huesos largos, caja torácica amplia, buen oído, conjunto de cuerdas vocales ejemplar… Y cantas como un dios. O para crear y soñar: tendencia a la soledad, neuronas persistentes y uniones sinápticas variantes, crecientes, aprendiendo, cambiando… El cerebro, un amueblado arsenal... La identidad, entonces, no surge desde fuera. Se trae grabada en el interior. Allí nació y desarrolla con la gente. La biología nos predefine, arguye lo que orgánicamente eres, habla de ti. Lo que puedes ser. Nadie tiene, entonces, derecho a limitarte. Solo puedes hacerlo tú. Así sigues aprendiendo, enriqueces. Y hoy, ahora, tienes muchas más neuronas que hace un rato, antes de empezar a escribir las notas que lees. Porque también lo puedes hacer: impedir que el cerebro empobrezca. Por tu razonamiento constante y persistencia en el aprendizaje orientado a lo social. Descubres que el amor hacia lo intangible puede ser la verdadera riqueza; es como decir sabiduría, construir una fuente de amor y compasión. Cuando conoces al ser orgánicamente, lo que en su biológica definición y estructura es, sabes con quién dialogas. Entonces, en vez de currículos, pedirás análisis de ADN, escaneos físicos totales. Sabrías que el de los huesos débiles no podrá ser buen corredor; la predestinación biológica orgánica hará clarividentes a los médicos. Los que a la seguridad social no les quieren robar. Desde las ciencias, en augurios y oráculos se podrían refringir. Sabiendo sobre la posibilidad de las dichas y las tragedias. Aconsejando cómo se las habrá que enfrentar. Porque actuar no solo depende de conductas y valores aprendidos. Las potencialidades orgánico-biológicas son determinantes para poder aprender a saber y a hacer. Aquí nos reencuentra el gran dilema: ¿Qué somos capaces de querer más allá de lo que la sociedad quiere que queramos? ¿Consumir, consumir, la egolatría del aparentar, la coronación de la vacuidad, el egoísmo desalmado? Aquí entonces cae la educación en los tiempos de las IA y tanta tecnología, fascinantes herramientas de la memoria y la falsía que muchos subestiman y glorían. Las IA necesitan aprender de nosotros más de lo que desean enseñarnos. Para que la eduquemos, nos devuelve

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