Piel sospechosa, de Luis Rafael Sánchez
Más o menos sabido –y menos asimilado como tara– es el racismo explícito y violento de la Alemania de los nazis o de los Estados Unidos de siempre, hasta ahora, primero volviéndose ricos explotando africanos a quienes convirtió en esclavos, luego librándolos de la esclavitud y reduciéndoles a una discriminación que hace ya parte de la american way of life (de paso, más way que life), discriminación que se ha extendido a los latinos que ahora expulsan de su territorio, inclusive, en algunos casos, a latinos nacidos allá. Todo eso está sabido. De lo que se habla poco, lo que se disimula, es el racismo no reconocido como racismo en territorios como América Latina o como Puerto Rico, lugar que individualizo porque es el escenario principal de la compilación de ensayos breves escritos por Luis Rafael Sánchez (Puerto Rico, 1936) a lo largo de medio siglo y que ahora Seix Barral reúne en el libro Piel sospechosa. “Prohibido por la constitución, inaceptable como práctica según los reglamentos de las corporaciones públicas y privadas, descartado por cuanta organización se inscribe y se legitima en el departamento de estado, el prejuicio racial se filtra en los recintos educados y democráticos de la sociedad puertorriqueña, a través de los curiosos rechazos y las súbitas exclusiones que tienen por sujeto a los puertorriqueños negros... Sin embargo, la mirada echa de menos a los puertorriqueños negros en los altos puestos gubernamentales, en los altos mandos de la guardia nacional, en las juntas directivas de los clubes donde se malea el civismo, en los departamentos con misiones de vidriera para consumo del público extranjero como la secretaría de estado. Ni siquiera en el tribunal supremo de justicia hay jueces negros”. Es cuando menos venenosa la manera de encubrir, de negar, el racismo: “a causa de la oblicuidad que sustenta la psique puertorriqueña, el prejuicio racial, home made, evita pronunciar la palabra ‘negro’ en su dimensión etnográfica. Para sustituirla acude a una sarta de enchapes eufemísticos, portadores de sufijos diminutivos y aumentativos, que le dan una irónica relevancia: quemadita, bien quemadita, piel café con leche, trigueño quemado, trigueño pasado, trigueñote, trigueñota, indio, aindiado, caoba, azabache, sepia, morena, oscura, morenota. No, no se trata de matices lexicales afectivos, sugeridos por el muy heterogéneo basamento mestizo del país –la escala cromática de lo negro desconoce el agotamiento en la encendida calle antillana–. Tampoco se trata de una modulación que registra el cuadrante de la gentileza y la simpatía; una gentileza y una simpatía que, cuando se extreman, parecen gestos de condescendencia. Se trata, lisa y llanamente, de otra práctica negrófoba en el nombre equívoco del ingenio”. En ciertos momentos, el autor de La guaracha del macho Camacho se sale de las fronteras de su Borinquen para, en un caso, dedicar un capítulo al tal vez más eminente humanista del siglo XX, el surafricano Nelson Mandela. En otro, se refiere a los Estados Unidos, comenzando con una frase de Condoleezza Rice: “la esclavitud constituye el error congénito de la nación norteamericana”; enseguida, Sánchez recuerda que “apenas redactar una constitución de resonancias libertarias, apenas cumplir la mayoría de edad, los Estados Unidos de Norteamérica construyen una economía próspera sobre la explotación de la raza negra (...) Sí, el secuestro de millones de hombres y mujeres provenientes de diversas tribus y etnias africanas, junto a su traslado a las dos Américas, en calidad de mercancía, obligó a habilitar rutas transoceánicas y a organizar compañías negreras responsables de industrializar la esclavitud”. Semejante cultura, la de la discriminación, la de un racismo explícito, militante y cotidiano, engendra héroes que la contradicen: uno de los textos de Luis Rafael Sánchez se refiere a Cassius Clay, quien “de deportista célebre pasa a ser un célebre agitador de masas. De célebre agitador de masas pasa a ser hombre celebérrimo a quien libertó la libertad de ser negro (...) la proclama (…), ‘black is beautiful’ se abrió paso hasta tornarse en el versículo laico de un humanismo nuevo. La proclama, o el versículo, operó como el detonante que descarriló, o reencarriló, los complejos y las inseguridades de millones de negros alrededor del mundo. Aupados por el orgullo que les supuso el descubrimiento inesperado de la propia hermosura, millones de negros, alrededor del mundo, juraron aceptarse, celebrarse, quererse…”. Todo eso, a pesar de la negrofobia: “pero, al fin de cuentas, ¿de qué hablamos cuando hablamos de negrofobia? Hablamos de la ansiedad, el miedo o la incomodidad que produce la cercanía de cuerpos negros. Hablamos del fastidio causado por los negros indóciles que se niegan a estarse en su sitio. Hablamos de suspicacia y odio y rabia sorda cuando la persona negra desafía los estereotipos, se disciplina y logra sobresalir a costa de su talento y competencia. Hablamos de repulsiva intransigencia enfermiza cuando hablamos de negrofobia .... La negrofobia supone el fracaso estrepitoso de la inteligencia. Si el color de la piel o el origen afro, los rizos del pelo o el grosor de los labios, sirven de criterio para desmerecer a persona alguna, entonces el Universo detuvo su marcha en el grado cero de la estupidez”. Volviendo a Puerto Rico el autor cita el libro Narciso descubre su trasero, de Isabel Zenón Cruz: “el dato más original y omnipresente del racismo puertorriqueño es la negación absurda y obstinada de su existencia”. Antes, en su libro de 1934, La isla de la simpatía, el poeta español Juan Ramón Jiménez, intermitentemente avecindado en Puerto Rico, observó: ‘lo blanco pierde aquí sitio, calidad y valor. Los blancos son, somos, sin duda, lo otro’”. Libro impresionante. Impresionante por el tema. Impresionante por la prosa de Luis Rafael Sánchez, una de las más notables, una de las más fluidas y magistrales hoy por hoy del idioma castellano.