El desafío religioso contemporáneo en América Latina
En los últimos tiempos se ha percibido en toda América Latina, especialmente en la República Dominicana, con creciente intensidad, la existencia de corrientes religiosas y espirituales distintas a la tradición cristiana: budismo, islam, animismo en sus múltiples expresiones sincréticas y diversas formas de espiritualidad difusa. Desde un panorama católico, este fenómeno no puede ser analizado con indiferencia ni limitado a una mera curiosidad sociológica. Se trata, más bien, de un proceso que ocasiona un poco de preocupación pastoral y cultural. América emerge bajo el signo del cristianismo. Desde el momento en que la cruz se plantó en el Nuevo Mundo, la creencia católica no sólo modeló la devoción de los pueblos, sino que también dio forma a su cultura, su derecho, su sensibilidad moral y su percepción de la dignidad humana. La evangelización, con todas sus luces y sombras a lo largo de la historia, ha creado hospitales, universidades, escuelas, obras de caridad y estructuras sociales inspiradas en el Evangelio. La personalidad de todo el hemisferio quedó asociada a la tradición cristiana, convirtiéndose en su molde espiritual. Desde esa perspectiva, la Iglesia católica ve la expansión de religiones y espiritualidades alternativas como un símbolo un poco inquietante de la debilidad de la base que sostuvo la civilización americana durante siglos; no se trata sólo de un cambio religioso, sino de un cambio cultural, que puede perjudicar la concepción del hombre, la familia, la autoridad moral y el sentido trascendente de la vida. El fenómeno se ha producido en un contexto histórico, que ha sido marcado por la globalización, la migración y la revolución tecnológica. Pero a pesar de esas nuevas denominaciones, en la iglesia Católica, las doctrinas no han desfallecido y la práctica sacramental ha ido en aumento. Aunque han surgido esas manifestaciones religiosas, la Iglesia se ha mantenido en aumento, como lo muestra el Anuario del Vaticano. Ya que, el ser humano a podido percibir que esos grupos ofrecen una falsa paz interior, un simulado y confuso bienestar emocional y fraudulentas soluciones a las angustias contemporáneas. Desde el catolicismo, esta situación no representa un riesgo concreto. La fe desde el catolicismo no es una opción privada entre otras, sino la revelación histórica de Dios en Jesucristo, difundida por la Iglesia a lo largo de los siglos. En América Latina no se observa aún una suplencia del catolicismo por otras religiones, de las cuales sus presencias siguen siendo minoritarias. Sin embargo, puede causar un poco de intranquilidad la desintegración de la generalidad religiosa, ya que, hoy coexisten católicos practicantes, católicos culturales, evangélicos en crecimiento, creyentes sin afiliación institucional y pequeños grupos que adoptan prácticas espirituales ajenas a la tradición cristiana. Pero nada que cause preocupaciòn a la Iglesia Católica, ya que es fiel a la evangelización diaria de su doctrina, para el sostenimiento de las raíces cristianas que representan a América Latina. A los nuevos grupos religiosos, se une la acción de corrientes intelectuales y mediáticas, que fomentan una secularización radical. Desde esta perspectiva, debemos preguntarnos: ¿qué es lo que buscan las nuevas creencias?, buscan es presentar el cristianismo como un obstáculo en las aspiraciones culturales o políticas, además buscan redefinir el concepto de familia, de moral y de identidad humana. La Iglesia es consciente de este desafío. Por lo que desde hace muchos años el Concilio Vaticano II hasta los pontificados recientes, han estado trabajando bajo una nueva evangelización, la cual no limita a conservar estructuras, sino que transforma el ardor misionero, la formación doctrinal y el testimonio coherente de los fieles. En conclusión, América fue forjada por el cristianismo, y se mantendrá así por generaciones, ya que, todos los católicos seguirán traspasando por generaciones la fe, no como una herencia, sino como verdad viva que ilumina la existencia humana. El autor es Obispo de la Diócesis Nuestra Señora de La Altagracia.