27 de febrero, otra vez
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27 de febrero, otra vez

Temprano, con los primeros rayos del sol, el 27 de febrero de 1845, María Trinidad Sánchez –la mujer que confeccionó la primera bandera nacional– salió caminando desde la Fortaleza Ozama rumbo al cementerio, donde sería fusilada por orden del infame, sinvergüenza y traidor de Pedro Santana. Un año antes había nacido la república, del sueño preclaro de Juan Pablo Duarte, y el bandido de Santana no encontró mejor manera de celebrar el primer aniversario, que mandando a fusilar a algunos de quienes creyeron y lucharon por ella. En el calendario litúrgico de la dominicanidad, hoy es el día más sagrado. El día en que las palabras tomaron cuerpo y las intenciones se volvieron acciones. Hoy en la noche, en 1844, mientras algunos dudaron o se rajaron, Mella arreció a golpe de pólvora y valor, cruzando el punto de no retorno desde no habría nunca más una vuelta atrás. Y, si acaso el traidor de Santana intentó desdibujar la patria, otra guerra volvería a ser necesaria para reafirmar la voluntad del pueblo dominicano de ser libre, independiente y soberano. Con altas y bajas; con invasiones y ocupaciones; con dictaduras y tiranías; con revoluciones y manigua; con democracia y elecciones; con galleras y escuelas; paz y guerra; risa y llanto; 182 años después, aquí estamos. La república no es lo que era, ni tampoco lo que sus fundadores soñaron. Hay muchos pendientes históricos y el pueblo dominicano de aquel entonces no es el mismo de ahora. Somos un país que cambió para siempre, y, aunque nuestra identidad es voluble; aunque a la primera intentamos irnos a otro lugar y comenzar de nuevo; aunque aquí no respetamos leyes que en otros países sí cumplimos; hay algo en el dominicano que, a pesar de todo lo que hemos cambiado, permanece inalterable. Nuestros símbolos patrios están ahí, presentes, porque ese “Dios, Patria y Libertad” que Duarte nos legó en el sacrosanto juramento trinitario, está grabado con fuego en el corazón de todos los dominicanos, sin importar época, educación, riqueza, clase o color. Las pequeñas cosas que nos unen son las más grandes. Nuestra fe cristiana se atestigua en nuestro escudo. De nuestro amor por la libertad habla nuestra historia y la sangre derramada por tantos valientes en combate… y por tantos valientes en la paz. Hoy, lo de menos será que el presidente irá a rendir cuentas al congreso. Ese es su deber y le toca cumplirlo, como a todos los anteriores. Lo que importa es que un pueblo se mira en el espejo del presente y ve reflejada la historia de un pasado de luchas, valor, honor y gloria, a la par que sueña un futuro más justo; un futuro donde la patria no haya que celebrarla desde un exilio económico autoimpuesto, sino acá, en nuestra tierra. En nuestra patria, el lugar de donde somos, eso que llevamos dentro, en nuestro corazón, donde quiera que estemos.

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