“Calumnia, que algo queda”
Al infame de Goebblels se atribuye la autoría de la expresión “Calumnia, que algo queda” (dicha por Bacon). La lógica de fijación por repetición subyace en la construcción de la posverdad, y ahora, cualquier calumnia puede ser amplificada ad infinitum vía redes sociales, generando “views”, “likes”, “engagements” y “reposts”; logrando con cada repetición que se refuerce la falacia que se pretende difundir, y que se asimile como verdad la calumnia pronunciada. Las mezquindades y bajezas siempre han acompañado al hombre. Obras de literatura antigua, refranes que sobreviven, leyendas y cuentos que forman parte del folclore de todas las culturas, atestiguan qué tan bajo puede caer el ser humano al momento de querer hacer daño al otro, no a costa de decir la verdad, sino de injuriar con la mentira. En una época de degradación total y sistemática de los valores morales; de conversión de la ética en moneda de cambio; de relajación de las costumbres; donde la vulgaridad es la norma y la mala educación es la práctica; una época caracterizada por la erosión total de legitimidad del liderazgo político, social, económico, eclesiástico, académico, comunicacional, –etc.–, no debería sorprender que calumniar sea la norma; porque siempre habrán muchos más oídos dispuestos a escuchar lo que los pozos oscuros de sus corazones desean escuchar, que quienes estén dispuestos a escuchar la verdad, ya sea porque les duela o porque no les conviene hacerlo. Lo que sí sorprende es cómo, desde las más altas instancias del poder, se ha permitido que calumniar, más que práctica, sea una industria. Si bien la extorsión mediática ha existido siempre, y en todos los gobiernos ha habido personas que de manera aislada y ocasional ejercían esas funciones desde medios de comunicación; no menos cierto es que eran casos aislados que el propio sistema toleraba como válvulas de escape de presión social. Hoy es diferente, pues la mayoría (no todos) de los funcionarios del PRM han permitido, prohijado e incentivado un modelo de comunicación que se sustenta en la mentira, la difamación, la calumnia y el insulto; alimentándolo con publicidad estatal y/o favores particulares. Y no, no es un asunto de “libertad de expresión”, como desde la zona de confort de su cobardía estos funcionarios pretenden autoengañarse, pues libertad de expresión no es libertad de calumniar. Se trata de la defensa de la dignidad y el honor, de la integridad del buen nombre. Se trata de llegar a casa en la noche y poder mirar la cara de la esposa e hijos, sin vergüenza. A muchos funcionarios del gobierno debería darles vergüenza el paradigma de comunicación que han construido; uno que los devorará a todos, tarde o temprano; uno que repite rumores sin verificar o simplemente se los inventa; porque esos extorsionadores profesionales saben que desde donde deberían venir acciones legales que procuren la defensa del honor de los injuriados, sólo vendrá silencio, cobardía… y dinero.