Las pobrezas mentales
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Las pobrezas mentales

El sólo hecho de escribir este concepto me da tristeza. Por ello, quise irme de inmediato a una ciudad fabulosa donde estoy segura, no existe este “trastorno”.  Llegué confiada en que encontraría un aliento. No me equivoqué. En esa comunidad lo que cuenta son los valores, los principios, y más que todo, el amor y el respeto al prójimo.  Nadie ensucia su mente con nimiedades banales que nada aportan al desarrollo de una sociedad. De hecho, no hay registros de casos que aludan a problemas de salud mental.  La igualdad que impera en este lugar contribuye fielmente al bienestar de todos. Las personas valen por lo que son, no por lo que tienen o por su apariencia. En aquella ciudad fabulosa, desde la niñez se fomenta la importancia de no mirar lo externo. Su creencia respecto a la vida está fundamentada en la existencia misma de la humanidad, no en lo que se posee o se deja de poseer.  Discriminar a alguien por su aspecto, por alguna discapacidad, por sus defectos, por sus carencias… es un pecado capital. Saben que esas son conductas que muestran la pobreza mental y, ésta, allí, no tiene cabida.  Las virtudes siempre serán las que abunden en este lugar donde se crece en todos los sentidos: personal, profesional, emocional y mentalmente. Tan bien se siente estar en esta ciudad fabulosa que, quise invitar a otras personas a que la visiten para que dejen atrás las frustraciones que causa la discriminación de la que son víctimas en países como República Dominicana, con una realidad que espanta cuando se habla de pobreza mental.  Contrario a lo que allí sucede, en este lugar soñado, jamás se atenta contra la integridad mental de un ser humano por el simple hecho de que sus condiciones físicas no sean del agrado de alguien.  Por encima de su apariencia, está lo que éste lleva por dentro y, desde el amor, la empatía y el respeto se le apoya en sus necesidades. Visitar esa ciudad fabulosa me hizo reflexionar aun más sobre lo mal que estamos en ‘‘materia’’ de empatía en mi amado país. Regresar fue un golpe bajo a mis emociones. Allí sentía que vivía en un mundo tan humano, tan tolerante, tan comprensivo, y más que eso, tan ‘rico’ de mente.  Pero no. Sólo hice poner “un pie” en mi realidad para que se me encogiera el corazón y “llorara” mi alma al ver la pobreza mental que abunda en la humanidad.  Me duele ver a gente detenerse en los pequeños detalles para criticar, mientras obvian las grandes necesidades que algunos tienen para sobrevivir ante la mirada acusadora de un planeta podrido por la vanidad.  Me gustaría saber cuándo encontrarán la cura para sanar esa enfermedad tan grave llamada: pobreza mental.

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