El asunto aquel en el sancocho
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El asunto aquel en el sancocho

En los últimos días del mes de febrero, el presidente de turno sufre de “inauguritis”. Una patología clínica cuya manifestación más visible es el impulso de recorrer el país en todas sus direcciones, inaugurando las obras ejecutadas bajo su gestión. Sin excepción, todos los presidentes han padecido lo mismo, y también contagian a su equipos, quienes trabajan a sabiendas de que lo único que calma la ansiedad que genera la enfermedad, es inaugurar más y más. Lejos de criticar esa realidad, toca entenderla desde su raíz más profunda. Si milenios después hablamos de Keops o Pericles, es porque la Gran Pirámide o La Acrópolis están ahí, de pie, recordándonos quiénes las construyeron. La trascendencia real –la fáctica, la que desafía el paso inmisericorde del tiempo y el olvido de los hombres–, es la que queda construida en piedra sobre cimientos firmes… y todos los políticos de todas las épocas lo saben. Así las cosas, de cara a un 27 de febrero donde el presidente Abinader acudirá por sexta vez a rendir cuentas sobre las ejecuciones de su gobierno, la tradición política dominicana ordena que el gobierno se mueva en pleno, y que se inaugure todo lo que se pueda, de cara a hacer más florido y abultado el discurso, y, de esa forma, comprar más pases de entrada hacia la trascendencia política. En los últimos días el presidente no ha parado de inaugurar obras… ni para descansar. La Línea 2C del metro es una obra importante, ciertamente, una de factura propia; como también lo es el acueducto Barrera de Salinidad, en Santo Domingo Este; el de Monción; el Corredor Independencia, etc. Aunque algunos hitos son intangibles, contienen la promesa de cambios cualitativos positivos a medio y largo plazo, como el anuncio de la inversión millonaria de Google. Lastimosamente para el gobierno, al igual que Roy Battly –el replicante de Blade Runner–, “Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la luvia”, porque informar es una cosa y comunicar es otra, y por muy bueno que sea en ambas, tanto inaugurar atosiga el entendimiento y anula la capacidad de sorpresa del ciudadano, quien “ve” esos eventos, pero no los procesa en su memoria, ni mucho menos los decodifica en clave política. Más que todos esos hitos, quedará grabado en el imaginario colectivo el blackout del lunes… la nota discordante de una semana que prometía ser perfecta. Y deberán emplearse a fondo las estructuras de comunicación del gobierno para lograr lo imposible, esto es, relativizar un evento que anula a los otros, y, cual agujero negro, absorbe el brillo de las demás noticias. Lo que queda es seguir inaugurando, pregonando, publicando, hacer tendencias y perifonear en medios las obras, antes que a la gente se les olvide “leerlas” y no las traduzca en clave electoral.

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