Chloé Zhao describe a "Hamnet" como "una historia sobre el amor, la muerte y la metamorfosis”
Hay películas que se sostienen en la ambición de explicar un genio. "Hamnet", dirigida por Chloé Zhao, hace exactamente lo contrario. No intenta descifrar a Shakespeare. Intenta entender qué ocurre cuando el amor y la pérdida atraviesan a una familia antes de que el arte se vuelva eterno. Desde el inicio de la conversación con periodistas de Listín Diario, Zhao deja claro que su vínculo con la historia fue personal. Explica que llegó a la novela de Maggie O’Farrell en un momento en que estaba cuestionando su propósito como narradora. “Es una historia sobre el amor, la muerte y la metamorfosis”, dice. Para ella, esos tres elementos no son conceptos literarios, sino experiencias humanas esenciales. Adaptar Hamnet fue una forma de explorarlos desde dentro. Zhao describe su método con una palabra que repite varias veces: contenedor. No dirige imponiendo emociones. Sostiene un espacio. “La mitad del tiempo desaparezco y dejo a los actores solos; la otra mitad intento sostener el contenedor para que todos se sientan seguros”, explica. Ese equilibrio entre libertad y cuidado se percibe en cada escena. En el centro está Agnes, interpretada por Jessie Buckley con una intensidad que parece brotar de lo orgánico. Cuando le preguntan cómo construyó el personaje, Buckley no habla de técnicas ni de referencias. “Abres el libro y empiezas a caminar por pequeños caminos”, dice. “Vas recogiendo lo que te llama, lo que resuena.” No hay una receta. Hay intuición. Al abordar la escena más devastadora de la película, la muerte de Hamnet, Buckley rechaza la idea de preparación calculada. “Con el duelo siempre hay amor”, afirma. Y añade una frase que define su ética actoral: “No quiero actuar, quiero ser”. Para ella, proyectar una idea preconcebida del dolor bloquea la verdad. La experiencia debe suceder en el momento. Zhao interviene con una palabra que resume ese proceso: “Rendirse.” Dejar ir el control. Permitir que el momento ocurra sin forzarlo. Buckley coincide. “No hay forma de hacerlo sola”, dice. Contar historias es crear relaciones con quienes están frente a ti para que eso impacte a quienes verán la película después. La música de Max Richter funciona como una corriente subterránea que sostiene esa vulnerabilidad. Él explica que buscaba un lenguaje capaz de hablar del amor, la maternidad, la conexión y la pérdida. “Quería una música que pudiera contener esos temas, como un líquido que envuelve”, señala. No se trata de subrayar la emoción, sino de acompañarla. Zhao revela que la música estaba presente incluso antes de cada toma. Sonaba en el set hasta el momento de acción. Era parte del ambiente emocional. La creación no fue lineal, sino orgánica, casi ritual. Y luego está la naturaleza. Para Zhao, no es un simple fondo. “Estamos hechos de las mismas partículas que el árbol y la hoja”, recuerda. En Hamnet, el paisaje refleja el mundo interior de los personajes. La conexión con la tierra, el bosque, el aire, no es estética: es existencial. Recordar esa unidad reduce el miedo. En el reparto joven, Noah Jupe y Jacobi Jupe aportan una fragilidad honesta. Noah admite que no tenía una relación profunda con Shakespeare antes del rodaje. La primera escena que filmó fue adelantada deliberadamente para capturar su nerviosismo real. “No sabía bien mis líneas”, reconoce entre risas. Ese temblor auténtico se convirtió en verdad dramática. Describe cómo memorizaba el famoso monólogo “Ser o no ser” repitiéndolo como si fuera una lista de supermercado, sin intención añadida. Solo palabras. Solo ritmo. Quitarle solemnidad fue una forma de hacerlo propio. Jacobi confiesa que lo que más le asustaba era una escena íntima donde debía intercambiar una carga emocional profunda. “La confianza es fundamental para llegar a la emoción”, dice. Rodeado de actores experimentados y de una directora que sostenía el espacio, encontró la seguridad necesaria para arriesgarse. Joe Alwyn habla de su personaje como un “ángel guardián”, un árbol plantado junto a Agnes en los momentos cruciales de su vida. La metáfora vegetal no es casual. En Hamnet, las relaciones están enraizadas. La pérdida no fragmenta; redefine. Cuando se les pregunta por qué la historia conmueve tanto hoy, a pesar de estar ambientada en el siglo XVI, Buckley vuelve a lo esencial. “Amar con valentía y luego ser capaz de dejar ir es un acto profundo de humanidad”, afirma. No importa la época. Esa experiencia es universal. Zhao insiste en la idea de metamorfosis. La muerte no es solo el final. Es transformación. El dolor no desaparece. Se convierte en otra cosa. En memoria. En arte. En legado. Lo que más asustó a la directora, confiesa, fue la primera semana de rodaje. “No sabía aún quiénes eran exactamente estos personajes”, admite. Descubrirlos implicaba aceptar la incertidumbre. Ese riesgo creativo se refleja en la película misma. No impone una interpretación del duelo. Lo vive. En un panorama donde el cine histórico suele inclinarse hacia la grandilocuencia, Hamnet elige la intimidad. No es una película sobre un dramaturgo consagrado. Es sobre la familia antes del mito. Sobre la mujer que ama, pierde y sigue respirando. Empieza con amor, dice Buckley. Continúa con pérdida. Y termina con metamorfosis. Entre esos tres movimientos, Hamnet encuentra su verdad. No necesita gritar para conmover. Basta con que sus intérpretes sean. Basta con que la cámara observe. Basta con que recordemos que, como señala Zhao, somos parte de la misma materia que el mundo que nos rodea. Y en esa conciencia elemental, el miedo se reduce. El arte permanece.