Perú: laboratorio de inestabilidad democrática
Durante la última década, Perú se ha convertido en un laboratorio de inestabilidad democrática en América Latina. La figura constitucional de la “vacancia por incapacidad moral permanente”, concebida como mecanismo excepcional, ha pasado a ser instrumento recurrente de confrontación política. El resultado ha sido una sucesión vertiginosa de presidentes, debilitando la autoridad del Ejecutivo y erosionando la confianza en el sistema político.. La destitución de mandatarios —Jusé Jerí, quien se mantuvo en el poder por cuatro meses. Había sustitudo a Dina Boluarte, tenía 2 años y 10 meses cuando fue destituida por el congreso. No puede analizarse únicamente como un ejercicio formal de atribuciones congresuales. Cuando la excepcionalidad se vuelve norma, el sistema deja de ofrecer previsibilidad. Y sin previsibilidad no hay estabilidad.. El problema no radica en la existencia del mecanismo constitucional, sino en su uso reiterado como herramienta de presión o ajuste de cuentas entre poderes del Estado. La democracia no solo se mide por el cumplimiento literal de la ley, sino por el espíritu institucional que la sustenta.. Un Congreso que remueve presidentes con frecuencia extrema transmite un mensaje preocupante: el mandato popular puede ser alterado por mayorías circunstanciales. Aunque el procedimiento sea formalmente legal, el efecto político puede percibirse como una ruptura indirecta de la voluntad ciudadana.. La consecuencia inmediata es la fragilidad del Ejecutivo; la consecuencia profunda es la erosión de la legitimidad democrática. Sin continuidad no hay gobernabilidad. La estabilidad política exige: Orden institucional sostenido.Continuidad en las políticas públicas.Confianza ciudadana en las reglas del juego. Separación de poderes con equilibrio, no con confrontación permanente.. Cuando el gobierno cambia antes de consolidar una agenda mínima, el país queda atrapado en una transición interminable. Se gobierna para sobrevivir, no para transformar; ya que la inversión extranjera observa con cautela; los mercados reaccionan con incertidumbre; la ciudadanía se distancia del sistema político. En ese contexto, la democracia comienza a vaciarse de contenido práctico.. Lo que ocurre en Perú no es un fenómeno aislado. Con la administración de Donald Trump, presidente de Estados Unidos, América Latina atraviesa un momento de fragmentación política, polarización ideológica y debilitamiento institucional. Sin embargo, el caso peruano destaca por la intensidad y frecuencia de sus crisis presidenciales.. Una democracia no se quiebra únicamente con tanques en las calles. También puede deteriorarse mediante el uso excesivo de mecanismos constitucionales que, aunque legales, desnaturalizan la estabilidad del mandato popular.. Perú no enfrenta únicamente una crisis política coyuntural; enfrenta el peligro de institucionalizar la inestabilidad como método de gobierno. La reiterada destitución de presidentes —incluida la prolongada administración de Dina Boluarte— ha dejado de ser un hecho excepcional para convertirse en parte del paisaje político nacional.. Cuando un país cambia de mandatario con frecuencia, el problema ya no es personal, sino estructural. No se trata de quién ocupa el Palacio de Gobierno, sino de la erosión progresiva de la autoridad presidencial, del debilitamiento del equilibrio de poderes y de la pérdida de confianza ciudadana en la democracia como sistema eficaz.. Una nación que vive en permanente confrontación institucional no puede consolidar políticas públicas sostenibles ni proyectar estabilidad económica. La incertidumbre política termina trasladándose al tejido social: crece el desencanto, se radicalizan los discursos y se abre espacio a soluciones autoritarias disfrazadas de orden.. La advertencia es clara: si la vacancia continúa siendo utilizada como herramienta ordinaria de lucha política, el sistema terminará socavando su propia legitimidad. La democracia no colapsa de un día para otro; se desgasta lentamente, decisión tras decisión, hasta que pierde su sustancia.. Perú aún está a tiempo de corregir el rumbo. Pero si no fortalece sus instituciones y redefine los límites entre control político y desestabilización, corre el riesgo de convertir la excepción en norma y la fragilidad en destino. Ningún país puede construir futuro sobre una presidencia siempre provisional.