Las fortunas caben en un saco roto
Repasé la cinta “Lawrence de Arabia” (David Lean, 1962). En una de sus escenas célebres, el guion pone en boca del protagonista la frase: “No sé tocar un violín, pero sé cómo se crea un Estado”. El personaje le reprochaba a un alto oficial inglés su negativa de fusión de las distintas tribus Árabes. Lawrence, todo un político formado al calor de la batalla, demostró al superior su error y fue capaz de hacer realidad el milagro. Ejemplos como el vivido por el protagonista hay muchos en la historia. No siempre la casa gana en la mesa de juego cuando reparte las cartas a pesar del riesgo a la aventura inesperada: siempre queda en el camino algún tipo sacrificio cuando el ser humano pretende llegar a donde se propone. Siglos atrás, la queja humana era abrumadora porque no llegaba a los cien años de vida. Se moría de cualquier cosa porque la ciencia todavía clamaba a gritos ponerse al servicio de la industria. Hoy la esperanza de vida es superior aunque la protesta por la escasa longevidad sigue siendo muy parecida porque las andanzas y correrías mundanas se han multiplicado y el riesgo de supervivencia se ha limitado debido a travesuras, excesos y guerras subidas de tono. Muchos se quejan y miran con terror las manecillas del reloj; las canas comienzan a brotar como rastros de una partida de ajedrez; las arrugas apresuran un cercano abandono del reino terrenal y las noticias inesperadas aparecen subidas de tono. Sin embargo, eso es lo obvio, lo que inevitablemente va a pasar cuando se mira al mundo con ojos entreabiertos. El hombre quiere aferrarse al tiempo, cuando en ese transcurrir no se aferra a lo que tiene y lo deja volar en el momento menos esperado. Habitamos un tiempo de sorpresas donde las jornadas no traen similares resultados porque nos acostumbramos a que las variaciones del espacio no dan vueltas esperadas. Se cree merecer lo indebido, lo que se aleja como fiera del entorno que casi siempre termina con un despertar abrumador. No es ni será eterno. La importancia de los cambios no mueve el mundo, sino los cambios mismos. Hay personas que no varían su régimen de vida. Mantienen caprichos obsoletos, persiguen una idea sin ninguna señal que los ampare y salen a la calle como si el mañana no existiera. Días atrás, alguien me confesaba su razón de vivir: que el mundo conociera su existencia a como dé lugar; ser noticia y llenarse los ojos de galaxias extrañas. Siempre respeto ese y cualquier otro criterio aunque no lo tome en cuenta. No es lo mismo la nieve del verano que el calor de los inviernos. Cuando viajaba, lo hacía con la mente en blanco. Tanto dentro como fuera del país, no simulaba esa ansiedad del peregrino por llevarse en la mirada todos los tesoros abiertos a su paso. Mi alevosía era rara. Consistía en conocer gentes variopintas aunque jamás retornaria a verlas. No entraba en los comercios a dejar lo poco que tenía. No rastreaba en los museos las huellas del tiempo perdido. Prefería hablar de tú a tú con gentes que darían su vida por defender la dignidad a mucho orgullo. Y esa intuición, por un momento, la imaginé similar a la del oficial inglés del filme antes citado cuyo anhelo era el enfrentamiento armado, terminar la guerra a como diera lugar. Sin embargo, en mi memoria brillada la imagen de Lawrence de Arabia retrocediendo en el desierto en busca de un cautivo malherido que todos daban por perdido a causa del intenso sol o las garras enemigas. Es bueno ser uno mismo. Seguir el rumbo elegido a pesar de quienes cambian de casaca como las serpientes que mudan la piel cuando sienten un ruido cosquilleante cerca del escondite donde anidan, queriendo decir que la vida crece también del otro lado del desierto sin que nadie se dé cuenta.