Su terrible abrazo, de Tiago Ferro
Por necesidad, Su terrible abrazo es una novela corta. Semejante ritmo haría muy fatigante el relato extenso. Pero con este tamaño, no sólo se resiste sino que uno se explica ese vértigo que forman unas frases que se refieren, cada una, a un asunto distinto. Así es la vida en una gran, en una inmensa, en una apabullante ciudad, São Paulo. Así es la vida de unos adolescentes que experimentan con todo, con su cuerpo, con su alma –cuando la tienen, en los momentos en que no son unos desalmados–, unos adolescentes que beben alcohol y mezclan sin piedad el destilado con el fermentado, unos adolescentes que ejercen el sexo como un deporte. Las frases entrecortadas están en la primera persona del presente. El narrador es el protagonista. Y el tiempo presente mezclando asuntos distintos frase tras frase, conforman un caos que el narrador quiere volver explícito, real; bueno, mucho más que real: más como si la realidad quedara, toda, a veinte centímetros de los ojos, en un invariable primer plano que es el mismo plano de los ruidos. Ese eterno presente –mucho más presente que eterno– se extiende largo rato en la adolescencia, toda narrada en un presente que hace pensar que el mismo narrador mientras escribe es un adolescente, y no. Es, sí, el protagonista de la historia que narra la novela, historia que es, ni más ni menos, la vida del narrador. Pero mientras el narrador cuenta en tiempo estrictamente presente esos primeros años, uno ni sospecha que ese protagonista/narrador está treinta o más años adelante; se da cuenta de esa distancia real sólo cuando al narrador le da la gana confesarla. Esa inmediatez permite seguir a un individuo que disiente de las convenciones, que se resiste a los valores de clase media que se le ofrecen como fórmula de supervivencia. Él disiente: “comienzo a sentirme mal con esos tipos victoriosos no mucho mayores a mí, sus camisas dobladas hasta el codo de una manera que nunca logré reproducir y sentirme bien. No es que me sienta menor a ellos, no es eso, es que esa gente de verdad me revuelve el estómago. En el fondo tengo la certeza de que, si quisiera, podría estar en su misma situación. Sólo que no quiero. Tal vez de ahí viene el malestar, tal vez en el fondo no soy yo tan distinto a ellos, tal vez sólo estoy quemando mis reservas de prestigio y dinero de la familia en un proyecto de autodestrucción, mientras ellos hacen que su pastel crezca día tras día”. Y agrega poco más adelante: “luego descubriría que quien se sale de la vía se vuelve una amenaza para esos idiotas que siguen una carrera, hacen una familia y tienen miedo de la muerte”. De repente, y sólo en esa ocasión con tanta explicitud, a ese narrador/protagonista, alguien que no es él le arrebata esa primera persona: “entro en la cabeza del personaje principal del libro que habla en primera persona, pero no sé nada de él. Sólo veo detrás de sus ojos y oigo lo que otros personajes hablan con él o acerca de él. No escucho las voces de los pensamientos de su cerebro, no soy capaz de crearlas. Es como si estuviera preso en un cuerpo extraño, se me ocurre que esa sensación puede ser la de alguien diagnosticado con Alzheimer. Parece estar en una fiesta, la gente a su alrededor está vestida con cierto cuidado, pero cuando él mira hacia abajo noto que el personaje principal tiene jeans, camiseta negra y unos tenis seminuevos. Con cada trago de vino blanco siento la inestabilidad de esa nave orgánica. La gente parece estar feliz de encontrarlo, lo cual me deja perdido en este punto de la trama. Él ya sabe su enfermedad…”. Ojo, aquí está la clave, el punto de quiebre, el nudo argumental de esta vertiginosa y breve novela, “su enfermedad”. Para hablar de la enfermedad, hay un personaje, el doctor Miranda: “No hay cura. El doctor Miranda lo dice así, sin lágrimas ni piedad, casi con un gustillo de placer. Es de esos médicos que incluso niega la evidencia científica más obvia en nombre del fascismo. Ahora debo unirme al grupo de los paliativos”. El final está al final, en esta novela que se devora con asombro y con pena. El autor, Tiago Ferro, nació en São Paulo, Brasil, en 1976. La traducción se debe a Diego Cepeda.