Espartíatas, helotes y periecos
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Espartíatas, helotes y periecos

Los requisitos para aspirar a la presidencia de la República -y no me refiero a los requisitos constitucionales-, han disminuido a niveles tales que los ciudadanos esperan de cualquiera que se le ocurra tal pretensión. El relajamiento de la vocación para aspirar ha llegado a un grado que cualquier yutubero anda por ahí pregonando que tiene el país a sus pies y que, por tanto, tiene la capacidad para alcanzar la presidencia o decidir quién lo hará. Es la consecuencia del déficit que acusa la democracia, incluso si la seguimos considerando “el peor sistema político, excepto todos los demás”, como solía decir Winston Churchill. Ocurre en todas las latitudes -pero en los países del tercer mundo con mucha más frecuencia-, que aspirar a presidente se ha convertido en algo que se le puede antojar a cualquier pelafustán. En nuestro país solo hay que echar una ojeada a los partidos políticos existentes para confirmar lo desorientados que andan muchos de sus miembros: desde que alcanzan a ser miembros de un Consejo Distrital, ya se creen nuestros politiquitos que pueden aspirar a la presidencia de la República. Y, es más, muchos lo saben y lo callan, que ha habido quienes hasta lo han logrado (alcanzar la presidencia) sin la más mínima idea de lo que implica, precedente que estimula a quienes se aventuran a tales empresas sin estar preparados para ello. En cada partido político hay al menos uno de estos personajes, y también aparecen muchos fuera de ellos. Pero resulta que con el paso del tiempo ha venido surgiendo cierta ciudadanía crítica que ve con reticencia y hasta con desprecio a estos señores, y más cuando se trata de funcionarios públicos que, sin ninguna formación y de escasa virtudes, insisten, y a veces logran, merced a un descarado neopatrimonialismo estatal figurar entre los llamados presidenciables, solo para asegurar un puesto de ministro o de director a la hora del cuadre final. Tenemos la experiencia reciente de uno que se ha frustrado, pues la última encuesta le demostró que los puntitos que tenía (creo que no llegaba ni a 4 %) eran del cargo, no suyo. Seguido fue removido a otro puesto, se precipitó. Nuestros funcionarios deben dedicarse a servir, a hacer quedar bien al presidente y, sobre todo, deben tener presente que ya la sociedad está despertando y se resiste a padecer un esquema político como el de los espartíatas, helotes y periecos. Quiere más de la democracia, y eso debe ser satisfecho con sobrada presteza. ¡Hagámoslo!

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