Sin manos en el campo
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Sin manos en el campo

Entre tú y yo, el aumento en el precio de muchos alimentos no siempre comienza en el mercado ni en el supermercado. A veces empieza mucho antes, en el campo. En la República Dominicana está ocurriendo algo silencioso, pero con consecuencias económicas profundas: cada vez hay menos trabajadores disponibles para sostener la producción agrícola. No es una percepción aislada ni un fenómeno temporal. Es una realidad que ya comienza a reflejarse en decisiones productivas concretas y que, si no se entiende a tiempo, terminará impactando directamente el costo de la comida en los hogares. Un ganadero de leche me confesó que tuvo que reducir su hato. No por falta de mercado ni de tierra, sino porque no consiguió suficiente mano de obra para sostener la operación. Menos trabajadores implican menos producción. Otro productor, con plantaciones de café listas para cosecha, ofrece recoger el grano “a medias”, compartiendo ingresos con quien acepte trabajarlo. Aun así, no aparecen recolectores. El café madura, el tiempo corre y parte de la cosecha se pierde. Cuando estos casos se repiten en distintos rubros y regiones, dejan de ser anécdotas. Se convierten en una señal estructural que el país no puede ignorar. La consecuencia es directa: se produce menos. Tierras que no se siembran, cosechas que no se recogen a tiempo y costos que aumentan. La oferta nacional se contrae y el mercado responde como siempre: con precios más altos. La economía no discute; reacciona. El consumidor urbano quizá no recorre fincas, pero cada mañana se sienta frente a un plato de mangú. Si el plátano ronda los 30 pesos, ese desayuno se encarece. Y cuando el ají morrón supera los 80 pesos o el tomate se dispara, la ensalada familiar deja de ser sencilla. No es un capricho del mercado. Es una oferta que comienza a reducirse. Cada alimento que no se produce localmente se paga en dólares. Mayor dependencia de importaciones implica más demanda de divisas, presión sobre la tasa de cambio y encarecimiento de insumos, transporte y canasta básica. El ciudadano paga primero por la escasez… y después por el dólar. Pero el impacto no se detiene en la mesa. Depender excesivamente de alimentos importados reduce la capacidad de maniobra económica del país. La seguridad alimentaria no es solo un concepto técnico; es soberanía práctica. Una nación que no produce lo básico se vuelve vulnerable ante cualquier choque externo o variación de precios internacionales. El sector turístico tampoco es ajeno a esta dinámica. Hoteles y restaurantes requieren abastecimiento estable y competitivo. Si la producción local no cubre la demanda, deben importar, incrementando costos operativos y reduciendo márgenes. En una economía donde el turismo es uno de los principales pilares, cualquier aumento estructural en los costos impacta la rentabilidad, la inversión y la competitividad del destino. Cuando la base agrícola se debilita, toda la cadena productiva pierde eficiencia. La realidad es que una parte significativa de la mano de obra agrícola ha sido históricamente cubierta por trabajadores migrantes. En los últimos años, muchos se han desplazado hacia actividades urbanas: transporte, construcción, vigilancia, servicios o labores industriales. El campo pierde manos mientras la ciudad absorbe esa fuerza laboral. No porque el trabajador dominicano haya regresado masivamente al campo, sino porque no existe una política laboral agrícola clara que organice y estabilice ese flujo de trabajo. Mientras ese desbalance no se atienda, la producción seguirá resintiéndose. Porque hay una verdad que ninguna economía puede ignorar: Sin mano de obra no hay producción. Y cuando no hay producción, la factura la pagamos todos. joaquinjoga@gmail.com

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