La indisciplina: camino minado en el sistema educativo
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La indisciplina: camino minado en el sistema educativo

Hay un vídeo que se hizo viral en las redes sociales donde se observa a una estudiante rechazar el saludo, en una ceremonia de graduación, de varios profesores que “se la pusieron difícil” durante el curso de la carrera. En la mayoría de los comentarios sobre el audiovisual se puede leer como los internautas elogian la actitud de la recién graduada, porque fue su “derecho a vengarse” por los “tormentos” que padeció en las aulas. Unos pocos rechazaron la actitud de la joven, bajo el alegato de que con ese gesto comienza a mostrar el perfil de su futuro ejercicio profesional. He aquí el dilema, ¿Fueron sus profesores crueles e injustos con ella? ¿O la estudiante sufrió las consecuencias de su dejadez e indisciplina? De mi experiencia personal, puedo decir que en todas las etapas de estudiante aprendí más de mis profesores exigentes, que de quienes me la ponían fácil y ni siquiera se preocupaban por corregirme, aunque supieran que lo estaba haciendo mal. Y traigo esa reflexión a colación porque la agresión a un profesor de ascendencia haitiana por parte de estudiantes en el liceo Juan Pablo Duarte de la capital, ha puesto en el tapete otra vez un tema recurrente en escuelas y colegios privados: la falta de disciplina. El profesor de Lenguas Modernas del liceo, Naony Anderson Solano, con el rostro visiblemente hinchado, denunció que los alumnos le lanzaron butacas, piedras y hasta con una correa lo golpearon. En su denuncia presentada en la Fiscalía de Niños, Niñas y Adolescentes, reveló que por la agresión necesitó puntos de sutura y sufrió la rotura de vasos capilares. Un punto a favor del educador es que ha utilizado los canales legales para solicitar que se haga justicia en su caso. El docente alega que antes había recibido agresiones verbales de algunos de sus alumnos, pero ahora pasaron a las físicas. Y expuso una reflexión que constituye una perogrullada: “Antes un profesor era visto como un padre en la escuela”. En cambio, parientes de los alumnos acusados de la agresión han declarado que “son muchachos tranquilos”, pero han utilizado expresiones que denotan fallas en la formación hogareña, como “una acción trae una reacción”, “Es un adolescente que tiene su temperamento”, “Seguro no le gusta estudiar”. Una denuncia expuesta por familiares de los adolescentes debería ponérsele especial atención. Se enteraron por redes sociales de lo sucedido porque el centro educativo no les informó del incidente de inmediato. Las reacciones ante este preocupante caso del Ministerio de Educación (Minerd) y de la Asociación Dominicana de Profesores (ADP), como es costumbre, evaden ir a la raíz del problema. La cartera educativa expresó su “rechazo categórico” a cualquier forma de agresión en los centros educativos. Mostró su “solidaridad” con el docente y “reiteró” su compromiso con la protección del personal educativo y la construcción de ambientes escolares seguros y libres de violencia. “Rechazo”, “solidaridad” y “reiteración” en nada aportan a que los centros educativos sean espacios donde impere la disciplina tan necesaria para garantizar un exitoso curso del proceso enseñanza-aprendizaje. Pero la reacción del gremio de profesores tampoco aporta soluciones. Paralizar la docencia en el liceo Juan Pablo Duarte priva a la totalidad de los estudiantes de su derecho a la enseñanza, sólo por la actitud irreflexiva de dos alumnos. En el sistema educativo dominicano cada día es más evidente el camino cuesta arriba y minado que implica imponer la disciplina en escuelas públicas y colegios privados. Hace tiempo que los docentes perdieron la autoridad para corregir. En el sector público porque se apañan estos hechos para ocultar la triste realidad de que tenemos un sistema educativo en franca decadencia en materia de disciplina. Y en el ámbito privado porque pesan más los intereses económicos y las presiones de los propios padres, madres y tutores que acuden a los colegios a enfrentar al docente cuando intenta corregir a alumnos díscolos y agresivos. Conocí el caso de una joven de 22 años, graduada con honores en el Instituto Tecnológico (INTEC) y que impartía la asignatura Matemáticas en un reconocido colegio bilingüe. Sus estudiantes la irrespetaban por su edad y, cuando intentaba poner disciplina, las autoridades del centro educativo le advertían que “esos estudiantes eran hijos de fulano”, en referencia al arraigo o posición económica de los padres. Al final, desautorizada por los propietarios del colegio, se vio obligada a renunciar. Uno no quiere pensar que, como en el caso de esta maestra por la edad, el irrespeto y agresión al educador del liceo Juan Pablo Duarte haya sido por su condición de inmigrante haitiano. Recuerdo que en el pasado llevar un estudiante “a la dirección”, acompañado de la advertencia de no acudir a clases hasta que se presentaran los padres, era una señal inequívoca de que la reprimenda en el hogar sería ejemplar. Los padres nunca partían prejuiciados de tener “muchachas y muchachos tranquilos”, aunque así lo consideraran. Además, maestros y maestras eran entes venerados y respetados por la sociedad. Claro, aclarar en este punto que no siempre el docente tendrá la razón. La figura del profesor “todopoderoso” que avasallaba a sus alumnos y con predominio del castigo para disciplinar, bajo el criterio de que “la educación con sangre entra”, también debe quedar como un triste recuerdo del pasado. Ignoramos las reales razones que tuvo para negar el saludo a sus profesores la graduanda del vídeo citado al principio, pero en el caso del educador del liceo Juan Pablo Duarte sí podemos conocerlas con una “exhaustiva investigación”, para usar una expresión por igual tan manoseada y que regularmente se queda en un discurso de buenas intenciones. El Minerd informó que se activaron los protocolos correspondientes y prometió actuar conforme al debido proceso establecido en la normativa vigente. Hay casos, aunque lamentables, que llegan como la oportunidad de reflexionar sobre el camino que trillamos. No está demás aprovechar la ocasión para “reiterar”, apelando al término que suele aportar tan poco al momento de sugerir cambios, la necesidad de fortalecer la orientación socioemocional en el sistema educativo dominicano. La figura del psicólogo escolar debe tener cada día más relevancia para la resolución pacífica de conflictos entre alumnos, profesores y personal administrativo. Por igual, arrastramos la deuda pendiente de que una Policía Escolar tecnificada y preparada se encargue de velar por la seguridad en escuelas y liceos públicos. La normativa vigente para garantizar la convivencia escolar hay que revisarla periódicamente para evitar injusticias. La ADP sostiene con razón que si el docente agrede es desvinculado de inmediato, pero el alumno bajo ninguna circunstancia puede ser expulsado, porque se violaría su derecho a la educación. Y a los padres, madres y tutores, terminar de entender que la educación en valores es su primigenia responsabilidad y no una tarea exclusiva de los centros educativos. De poco servirá la decisión de reinsertar en el currículo escolar la asignatura “Moral, Cívica y Ética Ciudadana”, si no asumimos como país que la calidad de la educación dominicana es una responsabilidad compartida. Solo así haremos realidad el bello poema insertado en la “reacción” del Ministerio de Educación con respecto a la agresión al docente en el liceo Juan Pablo Duarte: “la escuela debe ser un espacio de respeto, diálogo y formación en valores … los conflictos deben abordarse mediante los mecanismos institucionales de convivencia, mediación escolar y orientación socioemocional, fortaleciendo la corresponsabilidad entre escuela y familia”. Amén.

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