¿Cuándo se jodió Perú?
La pregunta es válida hoy, cuando el país estrena su octavo presidente en diez años; así como lo fue en 1969, cuando Vargas Llosa publicó “Conversación en la Catedral”, y, a manera de catarsis o penitencia, puso en boca de “Zavalita” la incómoda pregunta; la misma que no tuvo respuesta en aquel entonces, ni ahora. Parecería que existen dos Perú. El de la gente, los actores económicos y la realidad cotidiana, ese que está regido por un Banco Central con autonomía monetaria y una misma autoridad que desde 2006, sin importar el presidente de turno, mantiene la misma política, lo que garantiza certidumbre en los actores económicos y se traduce en estabilidad financiera (aunque no así en redistribución de riqueza o disminución de la brecha social); el Perú de ciudadanos emprendedores y honrados que quieren progresar, que quieren que su país sea próspero y estable. El otro Perú, es el que gestionan los políticos. Uno atomizado, caótico e ingobernable; el de los partidos que olvidaron que deben guardar las apariencias, y por lo menos fingir que están para servirle al pueblo, no para –descarada y descarnadamente– servirse a sí mismos. La historia de cada presidente del Perú en los últimos diez años, es más truculenta y sórdida que el anterior. En el paroxismo, José Jerí, el recién destutanado presidente, ni siquiera llegó a asimilar la solemnidad del cargo que ejercía, y, en un lastimoso ejercicio de indignidad política, se apersonó encapuchado y con lentes oscuros a un restaurante para sostener un encuentro con un empresario chino cuestionado, en lo que devino a ser el “Chifagate”… por no hablar de sus citas nocturnas en Palacio con varias mujeres las cuales, “increíblemente” obtenían a posteriori designaciones en la nómina pública… y todo eso con traza (“¡Novato!”, diría más de uno en estos lares). Y es que, a pesar de ser presidente, Jerí pareció no darse por enterado que la majestad del cargo le obligaba a por lo menos guardar las formas. La clase política peruana es el espejo en donde nunca deberíamos vernos. Un sistema de partidos que ha decidido destruir cualquier esfuerzo de construcción de unidad nacional. En términos prácticos y funcionales, ¿qué sentido tenía quitar a un presidente a dos meses de las elecciones presidenciales, por más indigno y mercachifle que sea? Dinamitados los puentes del entendimiento, el diálogo y los consensos, ser presidente de Perú es un deporte de alto riesgo. Cuando no se termina preso o suicidado, se termina desacreditado. En lo que el Perú sigue su caída libre hacia el abismo, toca pedir que su clase política reencuentre su vocación de servicio; y también pedir que nuestros políticos se miren en ese espejo; y que continúen apostando a la democracia, la alternabilidad y el entendimiento político como base fundamental de nuestra estabilidad social y crecimiento económico.