La costumbre del desorden
Conversando con un amigo sobre la decisión de implementar un corredor de autobuses en la avenida Independencia de la capital y las quejas que eso ha provocado, llegamos a la conclusión incómoda de que como sociedad queremos cambios, pero solo hasta que esos cambios nos afecten directamente. Nos pasamos todos los días señalando el desorden, el caos en el transporte y en las calles, la informalidad que se ha normalizado en algo tan cotidiano como movernos de un punto a otro. Decimos que este país necesita reglas claras, que debemos avanzar, que no podemos seguir funcionando a base de improvisación. Llegamos incluso a admirar cómo operan otras grandes ciudades. Cuando viajamos, respetamos las filas, esperamos en las paradas establecidas y cumplimos las normas sin cuestionarlas. Pero aquí, “en el patio”, cuando se intenta organizar el transporte con rutas definidas y paradas específicas, surge la resistencia. Queremos orden, pero que no nos incomode, queremos modernidad, pero sin modificar hábitos, queremos progreso, pero sin asumir disciplina. Hay una incoherencia en eso. No se puede aspirar a una República Dominicana más estructurada si cada medida que apunta hacia esa dirección se enfrenta con rechazo automático. Me parece que la gente ignora que el orden no es perfecto ni está libre de ajustes, pero tampoco puede alcanzarse si el ciudadano no decide respaldarlo. El Estado puede implementar proyectos y establecer reglas, puede reorganizar el sistema y plantear nuevas dinámicas. Pero nada de eso funciona si la sociedad no participa ni se involucra. El cambio exige corresponsabilidad. Tal vez más que infraestructura, lo que necesitamos revisar es nuestra actitud frente a las normas. Porque ningún país avanza solo por decreto, avanza cuando su gente está dispuesta a sostener lo que dice que quiere.