Haití: todo cambia para que nada cambie
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Haití: todo cambia para que nada cambie

El eterno retorno del poder sin legitimidad en la nación más pobre del hemisferio occidental El 7 de febrero de 2026, en el cuadragésimo aniversario de la caída de la dictadura duvalierista, Haití consumó una paradoja perfecta: entregar el Poder Ejecutivo, sin elecciones mediante, al mismo hombre que ya lo ejercía. Un empresario sin mandato popular, con 15 meses de promesas incumplidas, mercenarios contratados y 8.000 muertos en 2025. El gatopardo caribeño en todo su esplendor. El peso de una fecha El 7 de febrero de 2026 no era una fecha cualquiera. Cuarenta años antes, ese mismo día, caía la dictadura de los Duvalier —29 años de tiranía familiar— y el pueblo haitiano creía haber elegido la democracia. El coordinador saliente del CPT, Laurent Saint-Cyr, lo recordó solemnemente en su discurso de traspaso. Cuatro décadas después, Haití entregó el poder ejecutivo a un hombre que nunca ha ganado una elección. La ironía histórica es difícil de superar. El gatopardo siciliano y el primer ministro haitiano Para describir lo ocurrido existe un concepto preciso, acuñado por Giuseppe Tomasi di Lampedusa, aristócrata siciliano cuya novela El Gatopardo inmortalizó la frase que resume toda una filosofía del poder: “Todo debe cambiar para que todo siga igual.” No es casual que ese apellido nobiliario lo lleve también una pequeña isla siciliana —Lampedusa— hoy tristemente célebre como primera tierra italiana que tocan los migrantes del Sahel y el Magreb al cruzar el Mediterráneo desde Túnez y Libia. El nombre, entre el poder y la desesperación, acumula sus propias ironías. Alix Didier Fils-Aimé, 52 años, empresario, dueño de una cadena de tintorerías y ex presidente de la Cámara de Comercio bajo Martelly, fue designado Primer Ministro el 10 de noviembre de 2024. Gobernó bajo el CPT durante 15 meses. El 7 de febrero de 2026 fue juramentado de nuevo, ahora sin el CPT. Mismo despacho, mismo hombre, mismos problemas intactos. Nunca ha ganado una elección —su único intento, en 2016, terminó en derrota. Su legitimidad no viene de las urnas sino de Washington: el secretario de Estado Rubio destacó “la importancia de su permanencia para estabilizar la isla.” El lapsus geográfico no es menor: Haití no es una isla, sino un tercio de La Española, que comparte con nuestra República Dominicana, que, a pesar de sus carencias, cuenta con instituciones funcionales, elecciones periódicas y economía en crecimiento. Confundir la parte con el todo revela la superficialidad histórica con que el mundo ha tratado la crisis haitiana. Una ficción jurídica con bandera Llamar “Estado” a Haití es un eufemismo generoso. Un Estado requiere el monopolio legítimo de la fuerza. Ese monopolio lo ejercen las pandillas, que controlan el 90% de Puerto Príncipe. Las cifras de 2025 son devastadoras: al menos 8.000 asesinados, centenares de miles de desplazados, y una violencia tan sistemática que incluye la decapitación de mujeres haitianas cuyos cadáveres aparecen en la frontera dominico-haitiana —crímenes que el mundo apenas registra. Ante este cuadro, Saint-Cyr se permitió una frase de involuntario humor negro al hacer balance del CPT: “No podemos tirar al bebé con el agua del baño, porque evitamos que el país se hundiera en el caos.” Con esas cifras, cuesta imaginar cómo sería ese caos. Los contractors de Vectus Global y el río de hierro Las pandillas no fabrican sus armas. Más del 80% de las incautadas en Haití provienen de Estados Unidos, adquiridas en ferias de armas de Florida y embarcadas en contenedores de donaciones hacia el Caribe: una pistola de 400 dólares en Miami vale 10.000 en Puerto Príncipe. Detener ese flujo requiere controles portuarios sistemáticos, rastreo electrónico y voluntad política real en Washington. Mientras Rubio exige estabilidad, las armas de las bandas que desestabilizan el país salen de puertos estadounidenses. Para llenar el vacío de seguridad, Fils-Aimé contrató a Vectus Global, empresa del ex fundador de Blackwater, Erik Prince, con un acuerdo a diez años que incluye drones de vigilancia y combate. Los resultados son magros y controversiales: las pandillas no han perdido territorio significativo, y los drones han causado víctimas civiles, incluyendo a numerosos niños que celebraban una fiesta de cumpleaños en septiembre del año pasado. Prince prometió que en un año se podría circular de Puerto Príncipe a Cap-Haïtien sin escolta armada. El plazo ya venció. Sin derecho a fracasar, de nuevo Saint-Cyr le advirtió a Fils-Aimé al entregarle el poder: “No tiene derecho a fracasar.” Es la misma advertencia que Haití se hace a sí mismo cada vez que estrena un gobierno sin haberlo elegido. Cuarenta años después de los Duvalier, el país más pobre del hemisferio occidental sigue esperando que esa advertencia, por fin, signifique algo distinto.

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