Volver al territorio digital
Hace un tiempo escribí mi última columna en este espacio, abriendo un largo paréntesis de cuatro años. Escribí sobre el mundo digital, la seguridad en ese entorno, y el dinero digital y su valor. En ese momento el ciberespacio era, para muchos, ciencia ficción. Hoy es, para otros, el lugar donde vivimos. Reflexionaba lo siguiente: “En la medida en que nos adentramos en el mundo digital, por ejemplo, cuando dependemos de nuestros celulares para llamar a alguien pues no recordamos los números de teléfono de nuestra familia, se hace necesario que hagamos una migración digital o, si somos nativos digitales, que cobremos conciencia de que vivimos en dos realidades simultáneas: la real y la digital.” Continuando con esta línea de pensamiento, cuatro años después, más personas trabajamos en plataformas digitales, compramos sin efectivo, almacenamos recuerdos en la nube (que, por cierto, rara vez volvemos a mirar) y tomamos decisiones inducidas por algoritmos (aunque no lo queramos aceptar). La tecnología ya no es una herramienta externa: se mudó a nuestra casa, a nuestro carro, a nuestro escritorio. La inteligencia artificial ya es presencia cotidiana. Procesa información, responde preguntas, automatiza procesos, realiza diagnósticos médicos y optimiza transacciones financieras. Pero, como toda herramienta poderosa, resalta tanto nuestras capacidades como nuestras vulnerabilidades (como cuando empezamos a usar el Internet, allá por los 90, ¿recuerdan?) El debate ya no es si debemos hacer la migración digital. Ese proceso es irreversible. Las preguntas relevantes son bajo qué reglas, con qué protección y con qué responsabilidad. De estas preguntas, las dos primeras deben ser respondidas por los gobiernos (si aún no lo han hecho, están muy tarde) y la tercera, basada en las respuestas a las dos primeras, debe ser asumida, interiorizada, digerida y ejecutada por cada uno de nosotros. El ciberespacio no es un espacio abstracto. Es una construcción humana. Y como toda construcción, necesita cimientos, estructura. Volver a esta columna es volver a reflexionar sobre ese territorio compartido. No desde el entusiasmo de culto ni desde el temor paralizante y fanático, sino desde la convicción de que la transformación digital exige algo más que tecnología: exige responsabilidad colectiva. Seguimos.