Hombre sin historia
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Hombre sin historia

A mí no venga a decirme que no conocí a Miguel. Lo conocí tan bien que llegamos a ser como hermanos. Y no lo digo por jactancia: éramos uña y carne. Sepa usted que lo quise en demasía, aunque nunca tuve ocasión de decírselo ni de demostrarle lo que sentía. Todo ocurrió de forma tan repentina que no hubo tiempo de medir consecuencias. Pero por un amigo querido uno es capaz de actos inexplicables, y no me arrepiento de lo que hice; y si el tiempo volviera atrás y tuviera que hacerlo de nuevo, tampoco me arrepentiría. A Miguel lo conocí en el segundo piso del café Extra, en la calle Espaderos 116. Estaba sentado a una mesa, con una taza de café delante, acompañado de su hermano Sergio y Manuel Emilio. Me lo presentó el «Loco» Patrick; quien saludándolos e inclinándose hacia ellos y, con voz grave, dijo: “Les traigo a un amigo del colegio para que lo conozcan”. Desde el primer momento me llamó la atención la forma peculiar de su rostro, algo que lo diferenciaba de los demás. Al principio, Miguel no me tomó en cuenta como amigo, porque éramos de generaciones distintas, y la suya venía marcada, como usted bien sabe, por la matanza de Tlatelolco, la retirada de los norteamericanos de Vietnam y el golpe de Estado en Chile, con la inmolación de Salvador Allende. Yo, en cambio, no era más que un mocoso de mierda, ajeno a todo eso, sin la menor idea de que el mundo estaba cambiando. Con el tiempo, Miguel me tomó cariño, quizá porque yo era el benjamín del grupo. Así fue como ingresé en el círculo, siguiéndolos adondequiera que iban. Pasaba las tardes en su apartamento, fumando cigarrillo tras cigarrillo de la cajetilla de Premier que el anfitrión dejaba en la mesita de noche, mientras escuchábamos en el tocacasete la música estridente de Led Zeppelin, Pink Floyd y los Rolling Stones, y jugábamos baraja. Por entonces, Miguel aún no se había aficionado al alcohol; bebía con moderación cuando la ocasión lo ameritaba. Con el paso del tiempo advertí su extrema timidez con las mujeres. Eran los amigos quienes llevaban chicas y se las presentaban. Como aquella vez en que apareció el «Gallo» con una inglesa mamacita, aunque la gringa no hablaba ni jota de castellano. Desde el principio el «Gallo» me cayó pesado. Era bajo de estatura, de ojos saltones, siempre vestido como un menesteroso. Dinero no le faltaba; estaba metido en el negocio del turismo y hablaba muy bien inglés, lo suficiente para conquistar gringas. Miguel se enamoraba de amores imposibles, siempre en silencio, casi de manera platónica. Así ocurrió cuando se prendó de una prima lejana, una historia que terminó en desastre. No se declaró ni en la vermouth del cine, ni en algún café, ni en ninguno de los lugares a los que la invitaba. Todo acabó una tarde en que encontró a su prima sentada en una banca de la plaza de San Francisco, bien abrazada a un fulano que, para colmo, era policía, como mi padre. Pero su timidez con las mujeres contrastaba con su enorme calidad humana. Era de una amabilidad extrema, siempre solidario con los amigos. Yo diría, incluso, que era medio cojudo, porque solían aprovecharse de él. “Miguel, préstame tu habitación esta noche”. Y él la prestaba, sin chistar. Después de pasar horas en el “Extra”, hasta la medianoche, entre cafés, cigarrillos y crucigramas, regresaba creyendo que el amigo ya se habría marchado. Pero las luces seguían encendidas. Para no incomodarlos, se iba a dormir al hotel Palermo, en la calle San Agustín. Había otros que llegaban con maletas: “Miguel, me quité de casa, la energúmena de mi mujer no me deja en paz”. Y él respondía: “Quédate, hermano”. El tipo se quedaba, a veces semanas, a veces meses, ocupando su apartamento como si fuera suyo. Pero no eran solo los amigos; también hubo mujeres, como aquella limeña que permaneció varios meses. A esa fulana la presenté yo, porque no tenía dónde quedarse. Miguel, como siempre, se enamoró de ella en silencio, pero su timidez lo venció y nunca se atrevió a declararse. Al final apareció Olinto, un inútil que no hacía nada con su vida. Con su voz dulzona la engatusó, se la llevó a vivir con él, le hizo un hijo y luego desapareció, como si nunca hubiera existido. Miguel, otra vez, solo pudo suspirar. Así pasábamos la vida con Miguel, siempre bonachón. Las noches en que íbamos al Bar Azul, en la calle Plateros, se hacían interminables: nos quedábamos hasta el amanecer, entre humo, risas y vasos vacíos. Miguel siempre era el primero en embriagarse, y nosotros, sus amigos, lo llevábamos, tambaleante, agarrado de los brazos, hasta su casa de Maruri. Allí lo dejábamos tendido en su cama y nos largábamos a nuestras casas, con la sensación de haber sobrevivido a otra noche más. Miguel sufría de micrognatia; la quijada poco desarrollada le daba una apariencia de conejito, y su flacura de faquir, como si no hubiera comido en años, contribuía a darle un aspecto débil e inofensivo. Y sí, era realmente débil: no pudo enfrentar al matón de su padrastro, el famoso «Chino», quien, por culpa de ese hijo de puta, llevó a su hermano Sergio a la drogadicción. Sergio murió una madrugada de congelación, a los veintisiete años, en una esquina de la calle Plateros. La muerte de Sergio y los problemas con el padrastro se agravaron, hasta el punto de que Miguel, que antes era un consumidor social de alcohol, se volvió un empedernido bebedor de todo líquido que emborrachaba y alteraba la conciencia. Nosotros, los amigos, siempre estábamos listos cuando nos necesitaba: él ponía los tragos y el lugar, su apartamento, y nosotros, como galgos, concurríamos para sacar provecho de la ocasión. A veces agarraba la guitarra que siempre estaba allí y empezaba a tocar y cantar zambas argentinas, perdido en su propio mundo. Así pasaban los años, de juerga en juerga, hasta que llegó a su vida la descocada de Conny. Al principio no creíamos que Miguel se enamorara platónicamente de Conny, ni que ella le correspondiera con coqueteos. A la susodicha la conoció cuando empezó a trabajar como operador en un canal de televisión; ella era la vendedora de publicidad del canal. Nadie dudaba de que Conny tenía su atractivo, aunque resultaba una chica extremadamente plástica. La verdad, Conny era una joven disfuncional, de padres separados, y le importaba un rábano que Miguel estuviera enamorado de ella. Los amigos de Miguel, nosotros, al enterarnos de que estaba enamorado, hicimos todo lo posible para que se olvidara de Conny. Porque ya no gozaríamos de las bondades de nuestro anfitrión: no habría bebidas que tomar ni habitación donde pernoctar después de las borracheras. Y entonces pasó lo que no tenía que pasar. Miguel había presentado al «Gallo» a Conny, y no sé qué carajos le vio ella a ese infeliz; tal vez el dinero, tal vez los contactos en el extranjero. El caso es que empezaron a salir y se enamoraron. Cuando nos enteramos, cada vez que bebíamos nos burlábamos de Miguel, riéndonos de todo aquello como si fuera una anécdota sin importancia. Nos portamos como unos cabrones. No vimos, o no quisimos ver, que Miguel estaba jodido de verdad, devastado por la traición del «Gallo», que se había metido con su amor platónico. Una noche de julio, con un frío que calaba los huesos, Miguel había quedado con Manuel Emilio, Luchín y conmigo en el café Extra. Cuando ingresó, nos dimos cuenta al toque de que algo andaba mal: traía la cara compungida y la mirada hecha pedazos. Venía de ver a Conny y al «Gallo» caminando bien abrazados por la calle Loreto. Miguel pidió un café bien cargado a Joselo, el dueño del cafetín, que después de lo sucedido, expresó que en todos los años que conoció a Miguel nunca le había visto con ese rostro que anunciaba algo estaba por pasar. Después del café, Miguel nos pidió que lo acompañáramos a casa. En el camino compramos una botella de ron Cartavio, una Coca-Cola de litro y una cajetilla de los infaltables Premier. Decía que necesitaba beber, que había algo dándole vueltas en la cabeza y no lograba quitárselo de encima. Entre trago y trago, Miguel se lamentaba de que nunca había tenido suerte en el amor. Nos contó que había visto al «Gallo» bien abrazado con Conny y que, con cada trago de ron, la pena se le hacía más pesada. A mí también se me fue pegando, como si fuéramos hermanos siameses. Cuando la botella se terminó, Luchín y Manuel Emilio fueron al Takuchi de la calle San Agustín por otra. Miguel y yo nos quedamos solos, fumando y hablando sin apuro, mientras la noche empezaba a pesarnos encima. Al final, Miguel fue el primero en emborracharse y, como nunca, se fue directo a la cama y se tendió a dormir. Nosotros terminamos la botella de ron y lo dejamos ahí, dormido. Al salir del apartamento, el frío de la madrugada nos golpeó la cara y cada uno se fue caminando a casa, con la esperanza de volver a ver a Miguel esa misma noche en el café Extra. Ahora vienen a decir que no conocí a Miguel. Lo conocí tan bien que, cuando murió ahogado en sus propios vómitos aquella madrugada, la misma en que lo dejamos dormido en su casa, y me enteré en horas de la tarde, todavía con la resaca encima y la amonestación de mi padre por haber llegado de madrugada, algo se me desgarró por dentro. No pensé. No quise pensar. Sentí cómo la cólera me apretaba el pecho y que ya nada tenía arreglo. Agarré el revólver de mi padre y caminé ensimismado hasta la calle Choquechaca, donde vivía el «Gallo». No recuerdo el trayecto, solo el sonido de mis pasos sobre el pavimento y el rostro de Miguel que volvía una y otra vez. Toqué la puerta. Cuando el roñoso traidor apareció en el umbral, comprendí que no había vuelta atrás. No cruzamos palabra alguna. Disparé. Para Miguel Cárdenas, que murió ahogado en sus propios vómitos tras una noche de bohemia, en julio de 1986.

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