San Valentín
Los romances de amor no resuenan como moralejas educativas: son golpes que no dejan dormir. Recuerdo el cuento de “Blanca Nieves y los siete enanitos”, de los hermanos Grimm. La paz interior llegó a la muchacha cuando un lacayo, ordenado en darle muerte lejos del castillo, le perdonó la vida. La muchacha fue rescatada por siete laboriosos enanos con quienes compartió en el bosque hasta que apareció una viejecita con una canasta de manzanas y la invitó a morder la envenenada. Lo curioso viene después. Durante el velatorio, cuando un príncipe azul, llega en su corcel y en un acto de arrojo destapa su ataúd y le da un beso en los labios a la joven muerta. Ella revive y se marcha con su salvador. La historia con este “happy end” es infantil de pies a cabeza. Hasta fue llevada al cine. Sin embargo, queda en duda sobre la suerte de aquella muchacha, sin oficio y atenida solo a su belleza pasajera, en manos del heredero de un trono que bien pudo abandonarla a su suerte cuando mejor le pareciera. Otro relato sutil es “La Cenicienta”, narración oral de origen asiático, rescatada por Italia, y posteriormente publicada en Francia, en 1697, por Jaques Perrault. La joven, hija adoptada por una familia con ínfulas de grandeza, es relegada a tareas domésticas, como era costumbre en aquellos tiempos donde la cuna decidía el destino de la mujer, sin importar su sabiduría o inteligencia. Por avatares de la magia o del destino, ella llega a una fiesta de disfraces vestida como reina y otro príncipe, deslumbrado por su belleza, la invita a bailar, mientras las manecillas del reloj avanzan. A la media noche se rompe el hechizo. En su carrera para que no la encuentren, pierde una de sus zapatillas de cristal. El príncipe recupera la prenda y visita a todas las damas del reino en busca de la usuaria. Al final la descubre que la hermosa joven no es más que una sirvienta y sin importar su profesión u origen, la lleva a Palacio para unirse a ella en una unión dudosamente eterna. Después vinieron las películas y hasta un quintento de rock español musicalizó la historia. El cuento termina cuando realmente debe comenzar. Haría falta ver que le deparó el destino a La Cenicienta, cuánto demoró su felicidad en brazos de aquel hombre y cómo terminó su historia en un Palacio que no era el suyo. Historias de amor con finales felices solo entretienen a niños y a tontos porque se ciñen a la conquista de una joven hermosa gracias a encantos varoniles, riqueza material, o habilidades de conquista. Prefiero la historia de Emma Bovary, una joven de pueblo desposada por un hombre mayor, incapaz de comprenderla y satisfacerla. No es un cuento infantil, sino una de las novelas más intensas que se ha escrito, donde una mujer casada busca su amor fuera de las cuatro paredes que la encierran y lejos del hombre que la mantiene como adorno. Emma Bovary hizo caso omiso a la chismografía pueblerina, a las condenas injustas que sufrió y a impedimentos generalizados con tal de mantener en alza sus amores pasionales o platónicos, aunque ninguno pudo calmar su desesperada ansiedad y sus románticas inquietudes. La literatura del ayer pone a la mujer como “botín de guerra”. Los golpes del tiempo saben rumiar y descubren orificios ocultos en los sagrados poderes, aquellos que sentencian a la mujer como un destino manifiesto para la satisfacción de egos y deseos fugaces. Deseé procrear una hija para probar hasta qué punto me ponía al servicio de la feminidad. Y tuve dos, ambas de matrimonios distintos, precipitados. No supe mirar mi propio trasfondo. Hoy respeto a ambas (hijas y exesposas) a pesar de haber estropeado una parte importante de sus vidas con reclamos que por suerte he superado. Si esto escribo es porque el arrepentimiento también tiene su culpa, algo que ni los protagonistas de los cuentos infantiles, ni Charles Bovary vieron a tiempo y me ha tocado a mí, por ellos, corregir sus errores para aquellos lectores que leyendo han buscado una tabla de salvación. Y también en otros libros infantiles como “La bella y la bestia”, donde el dinero puede todo o en La Caperucita Roja, donde la niña, por recoger flores en el bosque, es engañada por un animal lleno de ruindad.