Pompas de jabón
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Pompas de jabón

Al final de las vacaciones invernales, conducía la bicicleta, camino del polideportivo, con mi hija sentada en la sillita acoplada a la parte trasera. En una plaza por la que pasamos, había unas personas con cubos y utensilios para crear pompas de jabón. Contaban con diversas herramientas para hacer pompas de diversos tamaños, desde algunas de varios centímetros hasta pompas gigantescas, con formas orgánicas que parecían sacadas de la fantasía. Los descubrí mientras esperaba en un semáforo. Eran dos personas que practicaban, observé cómo mojaban sus herramientas en cubos repletos de agua y jabón, los extraían, y el modo en que giraban la mano, el brazo o incluso el cuerpo entero (para las pompas gigantes) para generar y dar forma a estos objetos efímeros. Cuando se puso en verde, me detuve al otro lado de la calzada, en el acerado, y seguí mirando la forma esférica, perfecta, de alguna de esas burbujas. Contemplaba su movimiento, se desplazaban como mecidas por el viento, navegaban por el aire hasta que se estrellaban contra el suelo, contra algún objeto o explotaban en pleno aire. Me maravillaba el brillo que se reflejaba en sus formas, la deformación de la imagen al mirar a través de ellas, los reflejos que destellaban. Las miraba con atención hasta que mi hija me sacó de la ensoñación: «papá, pedalea, vamos pedalea, que llegamos tarde». Empecé a reír y retomé la marcha por el carril bici. Me pareció divertido, sin duda, por ser el mundo al revés. Después de todo, los niños se entretienen todo el rato con todo tipo de cosas y los adultos siempre andamos con prisas porque parece que siempre vamos tarde a todas partes. Y esto es un asunto de cuidado, porque cuanto más rápido vamos, parece que más tiempo nos falta. Es como una vorágine e incluso, en ocasiones puede volverse una pesadilla porque parece que, en el mundo que habitamos, es imposible parar. Es absurdo, la ajetreada vida nos come. Casi sin pestañear, el mes de enero se ha marchado con una rapidez en la que apenas he podido ser consciente de lo ocurrido. Quedan matices, por supuesto. A veces reflexiono un poco sobre lo que hago, y es entonces cuando me percato de algunas cosas que sí permanecen. No obstante, se logran con esfuerzo y dedicación, y esto, en la voracidad que implica el mundo de hoy, no es un asunto baladí: el agotamiento nos genera el deseo de aligerar el equipaje, incluso a veces lo necesitamos, por lo que, nuestras actividades personales siempre cuentan con el riesgo de ser descartadas frente a las «obligaciones» del día a día. Hay un aspecto interesante de todo esto, con los años, me doy cuenta de que cuando vamos a toda prisa, no atendemos a nada más que a esa vorágine de actividades y causas en las que nos encontramos inmersos. Y como siempre vamos tarde a todo, pues se nos vuelve un laberinto. Y mientras tanto, nos perdemos todo lo demás. De algún modo, la vida, la vida que está más allá de eso, que es prácticamente todo, se nos escapa. Al cabo del día estamos en muchos sitios, desempeñando un número significativo de actividades, haciendo malabarismos para aprovechar y exprimir las horas de la forma más eficiente posible, pero luego, de todo eso no queda nada, se evapora con la llegada de la noche. Es algo que se repite día tras día sin siquiera dejar un poso de satisfacción en la memoria. Sin embargo, en cuanto moderamos el ritmo, en cuanto podemos permitirnos el lujo de pararnos y observar el lugar en el que nos encontramos, observar qué ocurre a nuestro alrededor, permitirnos reflexionar y divagar al respecto, la vida cobra otra textura: de pronto, se vuelve mucho más flexible y más extraordinaria. Esos momentos cobran importancia y se convierten en parte de nuestra existencia. Es por eso que hay algunos recuerdos que permanecen en nuestra memoria aún pasado mucho tiempo y al mismo tiempo, días, meses y años que parecen haberse esfumado sin nada que los trascienda, como si el paso del tiempo hubiese sido una broma cruel. Cada vida es una pompa de jabón, frágil y efímera, pero a la vez fascinante, misteriosa y rebosante de belleza. De un modo u otro va a terminar destruida, pero el viaje que haga puede resultar extraordinario y enriquecedor. Quizá lo importante sea evitar toda esa vorágine que imprime la sociedad actual, e ir suavemente, como mecidos por el viento, hacia nuestro destino. Sea cual sea este.

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