Partir del lugar equivocado
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Partir del lugar equivocado

Cuando se mencionan las adicciones, regularmente se piensa en alcohol y tabaco. O en las drogas clásicas como marihuana, cocaína y heroína. También en las sintéticas o drogas diseñadas, fabricadas en laboratorios para imitar los efectos psicoactivos de narcóticos y alucinógenos. Estas son potencialmente más peligrosas, porque los consumidores ignoran los productos químicos extraños utilizados para su elaboración. Pero pocas veces, al abordar el tema de las adicciones, se repara en las comportamentales o sin sustancias, esas actividades y necesidades cotidianas que sustraen y sujetan tanto como las drogas antes mencionadas. Las adicciones sin sustancias más frecuentes son al sexo, al trabajo, pornografía, ludopatía (a juegos de azar y las apuestas), compras compulsivas y a las modernas tecnologías con sus diversas opciones: internet, redes sociales, móviles, videojuegos. Esos comportamientos cotidianos terminan convertidos en adicciones que impiden llevar una vida plena por la necesidad cada vez mayor de repetirlos y de dedicarles más horas diarias. Implican una pérdida de control por el deseo irrefrenable de practicarlas y generan ansiedad cuando la persona entra en un proceso de abstinencia. Aunque se alega que no causan los severos daños físicos de las drogas, las adicciones sin sustancias pueden ser tan dañinas y riesgosas por los efectos psicoemocionales que provocan. La adicción a las tecnologías genera una mayor preocupación en los últimos años a escala planetaria, principalmente por el impacto entre niños, niñas y adolescentes. Ahora con la mira global puesta en sus efectos, la semana pasada comenzó en un tribunal civil de Los Ángeles, en California, Estados Unidos, un juicio considerado desde ya “histórico” (uso un término que se ha hecho tan cotidiano en nuestro país) contra redes sociales acusadas de generar adicción en la población infanto-juvenil. Un jurado de esa ciudad estadounidense tendrá la encomienda de determinar si YouTube o Instagram diseñaron deliberadamente sus plataformas para provocar adicción. La demanda fue presentada por una mujer de 20 años, quien alega que sufrió un grave daño mental porque se volvió adicta a las redes sociales cuando era niña. Por ante la jueza Carolyn Kuhl ya compareció el pasado miércoles el director ejecutivo de Instagram, Adam Mosseri, quien rechazó la acusación de "adicción clínica" a las redes sociales, y argumentó que en el caso de la demandante ha sido simplemente un "uso problemático". Al juicio se espera que comparezcan, además de Mosseri, el director ejecutivo de Meta, Mark Zuckerberg, y Neil Mohan, director de YouTube. Mark Lanier, abogado de la parte demandante, adelantó que durante el juicio demostrará cómo Google y Meta diseñaron deliberadamente sus productos para enganchar a los usuarios y mantenerlos regresando -no por accidente o diseño- sino porque “la adicción es rentable”. Independientemente de una condena o descargo, solo sentar en el banquillo de un tribunal a representantes de esos gigantes tecnológicos marca un precedente realmente histórico en el uso responsable de las redes sociales. En nuestro país, precisamente la semana pasada, ha surgido un debate interesante sobre la necesidad de prohibir el uso de celulares durante las horas de docencia en escuelas y liceos públicos. Como siempre, reaccionamos con un enfoque limitado. En realidad, la “enajenación tecnológica” abarca a todo el sistema educativo. En colegios privados, controlar el uso de celulares entre los alumnos es más difícil porque podrían afectarse los intereses económicos de esos centros. Y los profesores del nivel universitario también vivimos la desalentadora experiencia de ver a los estudiantes más pendientes de sus móviles que de las horas de docencia, con menos posibilidades de controlar esa práctica porque se trata de adultos. Esos intentos de controlar el uso de celulares en las aulas parten, además, del lugar equivocado. Es en los hogares donde deben comenzar esas limitaciones con una “educación tecnológica” responsable de padres, madres o tutores. Son padres y madres quienes obsequian celulares y tabletas electrónicas a sus hijos e hijas a una edad en que no están aptos para utilizar esas herramientas tecnológicas. Pero peor aún, luego de regalarles esos artefactos, les permiten un uso ilimitado y libre de controles, muchas veces en detrimento de su desempeño educativo. Hace tiempo que en naciones desarrolladas se están dando pasos para enfrentar la adicción de niños, niñas y adolescentes a contenidos de recursos tecnológicos, debido a pruebas de que han degenerado en diversos trastornos mentales e incluso en suicidios. Con respecto a menores de edad, no se trata, como argumentó ese ejecutivo de Instagram, de un insignificante “uso problemático” de las redes sociales, especialmente ahora con todo el potencial de la Inteligencia Artificial y sus algoritmos. Expertos han advertido que los comportamientos susceptibles de crear adiciones están envueltos en un entramado de valores, estereotipos y mitos que los hacen atractivos para determinados grupos. En realidad, como certeramente plantean, las adicciones sin sustancias tienen el mismo patrón que las adicciones a las sustancias químicas, aunque sean menos satanizadas. Y siempre los más vulnerables serán niños, niños y adolescentes. De ahí que las autoridades dominicanas deben tomar conciencia de que las amenazas y ataques que enfrenta la población infanto-juvenil llegan también por otros frentes. Y tomar en cuenta que las adicciones comportamentales están más al alcance que las drogas clásicas y sintéticas, con la preocupante tolerancia en el hogar, de donde debería partir el control. Centrarnos tan solo en el sistema educativo dominicano, sería olvidar que la familia siempre será el instrumento por excelencia para forjar ciudadanos conscientes, íntegros y ejemplares.

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