Antonio Bautista Beltrán, con 96 años, sigue trabajando y enamorándose
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Antonio Bautista Beltrán, con 96 años, sigue trabajando y enamorándose

Si vives en Los Alcarrizos, Pantoja, Los Girasoles, Haina, San Cristóbal, Villa Altagracia, Boca Chica, Guerra, Bayaguana o Yamasá, es posible que alguna vez hayas escuchado su voz en la calle gritando: “escobas, suapes, cuchillo, colador”. Este hombre, que usa zapatos dos y tres tallas más grandes para poder recorrer varios kilómetros cada día sin que se le hagan callos en los pies, es Antonio Bautista Beltrán, cariñosamente conocido como “el viejito”, quien a sus 96 años sigue caminando distintos barrios con mercancías del hogar en sus hombros. Nacido en Bonao y residente en la calle José Martín, cerca de la Duarte con París, Antonio asegura que no trabaja por necesidad. Sus hijos, todos profesionales, entre ellos Ulises Valentín, exluchador olímpico dominicano, pueden suplirle de todo lo que necesita. Pero él tiene otra razón: el amor y su necesidad de no estar tranquilo. “El cibaeño tiene aspiraciones”, dice con una sonrisa que mezcla picardía y orgullo. Entre historias y recuerdos, cuenta que lleva más de 19 años vendiendo escobas y suapes en varios lugares, en especial en Los Alcarrizos, en donde fue entrevistado. Hay que prestarle atención al hablar para poder entender todo lo que dice, pero al hacerlo dice riendo: “Todavía yo vengo y me doy mi enamoradita a veces. El que no tiene dinero no puede poner mano. Sin cuarto, no hay nada”. No todo ha sido alegrías. Una de las heridas más profundas fue la muerte de su esposa, quien falleció de un infarto fulminante el 14 de diciembre de 2017, justo después de servir la comida. “Ese día, nadie comió. Ahora son ya 9 años”, recuerda con nostalgia. Antonio ha sido comerciante toda su vida. No solo vendió utensilios del hogar, también fabricaba suapes, piezas de estufas y calipsos. Tuvo puestos de fritura, vendió carbón y naranjas. Su filosofía es “nunca estar arrancado”, porque, como él mismo dice, no sabe estar tranquilo. Su disciplina viene desde la infancia, cuando desde temprano tenía que ayudar a su padre con los animales que poseía. “A las 5 de la mañana estoy cogiendo agua, bañándome, afeitándome, colando café… Mi mamá me dejó abandonado y mi papá me enseñó a hacer todo eso. Desde los siete años tenía que levantarme y ayudarlo a mover los animales”, cuenta. En su juventud, fue guardia gracias a José Arismendy “Petán” Trujillo Molina, hermano del dictador Rafael Trujillo, quien lo “enganchó”. En ese entonces ganaba 95 cheles; hoy, caminando barrios, y en un buen día, puede hacer hasta cuatro mil pesos. Desde 2002, un bastón lo acompaña a todas partes, producto de un accidente de tránsito que le rompió ambas piernas. Según relata, el 2 de abril de 2001 una joven lo chocó mientras cargaba decenas de cubetas para venderlas en Palenque, San Cristóbal y Najayo. Duró un año recuperándose. Nada parece detenerlo, ni los años, ni las caídas, ni el dolor. Antonio Bautista Beltrán sigue subiendo y bajando calles “malas”, como decimos los dominicanos, como si el tiempo y sus dolores no tuvieran poder sobre sus ganas de vivir, enamorarse y seguir trabajando.

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