Minúsculas
A la primera y única persona a quien he escuchado hablar con entusiasmo de Las mil y una noches —ese conjunto de historias enlazadas por una mujer para evitar su muerte— es a José. Lo vi por primera vez hace más de 20 años, pero no cruzamos palabra. Coincidíamos en un espacio del cual hoy ya no formamos parte. Sin embargo, con el tiempo terminamos cruzándonos en otro, uno hecho de palabras y libros, como el que le salvó la vida a Sherezade. A él poca gente lo conoce por José, pues prefiere hacerse llamar por su álter ego literario: Belié. Y Belié Beltrán (o sea, José Beltrán) es un hombre de fe; de fe literaria. Por eso lleva tiempo construyendo no un milagro, sino un acto de confirmación de esa fe, y este se llama Minúsculas. *** Jueves. Octavo piso de un edificio al que no había entrado antes. Allí encuentro caras conocidas. El espacio de los libros, la literatura y ciertas reflexiones sobre ambos tiende a ser uno en el que las presencias se hacen consecuentes. Es la misma gente que a veces suma nuevas gentes, que luego se vuelve la misma gente en cada actividad. Es un grupo, un público de crecimiento lento, pero leal a la buena manía de los libros, la literatura y ciertas reflexiones sobre ambos. Saludo a conocidos, a gente querida, a poca gente nueva. Reitero ciertas quejas que me son reiteradas. Se celebran ciertas alegrías, en especial la ocasión que nos convoca. La actividad era a las 7 de la noche, pero no empieza puntual. La espera vale la pena. *** Revistas literarias. Me recuerdo con una pequeña colección de Isla Abierta, el suplemento que mantuvo el periódico Hoy por varios años, editado en sus inicios por Manuel Rueda. Fue mi primer acercamiento a una publicación en la que se escribía sobre y en torno a los libros, además de otras expresiones del arte (pintura, escultura…). En algún momento me deshice de esa pequeña colección; no recuerdo el porqué. Quizás había repasado mucho sus hojas, quizás ya no tenía interés en releerlas y, para ese momento, no entendía la importancia de guardar cosas más allá de las cartas de amor adolescente y mi cuaderno de apuntes y poemas. Con los años y la formación universitaria, fui acercándome a otras publicaciones. En algún momento llegó a mis manos la revista Vetas, de Clodomiro Moquete, a quien conocí años después y aprecié en su afán de mantener su irreverente y valiosa publicación literaria, que lamentablemente languideció con él hasta la desaparición física de ambos, sin el reconocimiento merecido. Otras revistas y otros suplementos de periodismo cultural han sido parte de un espacio vital de aprendizaje y de horizontes. A algunas les perdí el rastro y no sé si se siguen publicando, pues la intermitencia que las acompaña suele ser un fardo que las invisibiliza. Con el tiempo y la llegada de las publicaciones en internet, preferí seguir proyectos digitales, desde blogs a páginas webs. Tengo más de una década leyendo los blogs y las webs literarias que siguen en línea; de ellas, en particular, he sido leal a Orsai, un proyecto que empezó el escritor argentino Hernán Casciari en solitario y terminó creando una comunidad que lo ha apoyado desde hace más de 15 años. Tiene una revista, una maravillosa revista que pago y espero. Las colecciono y las releo. La República Dominicana no ha tenido la suerte de que un proyecto solitario alrededor de los libros, la literatura y ciertas reflexiones sobre ambos haga comunidad, se mantenga y se internacionalice. Quizás eso cambie. Quizás el pasado jueves 5 de febrero, José Beltrán (Belié Beltrán) haya iniciado el camino para que ese grupo de caras conocidas sume más personas, cruce nuestra insularidad y —como los machetes en pasaportes, las yolas que cruzaban el Canal de la Mona o “la vuelta” por México— lleve el sueño de “una mejor vida” para la literatura y el pensamiento dominicanno desde estos tres cuartos de isla donde se dice que no se lee, pero se lee. El riesgo no es igual, pero necesita de una fe parecida. *** Acto de fe. Pregunto. Beltrán responde: —"Yo soy muy ingenuo en algunas cosas; o sea, yo me lanzo y después arranco y después averiguo a ver cómo lo voy a hacer. Lo que está bastante mal. Casi, casi me doy en la cara con este mismo evento que viste, que quedó bastante bien, pero es porque logré que gente se involucrara y tuviera el criterio de gestión que de repente yo no tengo. Yo tengo muy buenas ideas y poco a poco he tenido que ir aprendiendo que uno tiene que sentarse y tener una perspectiva más aterrizada. Entonces, esa ingenuidad también es la que me hace a veces tomar decisiones como esta, pero esta vez la pensé mucho y dije: 'Yo creo que puedo hacerlo'. Estoy pensando el acto de fe desde el punto de vista de la gestión de proyectos, y entonces tengo muy claro que tiene que ser espaciado en el tiempo, que tengo que tener una propuesta de valor (esa palabrita que está tan de moda en el mundo de las empresas). Mi propuesta de valor va por la vía de armar un par de eventos y cosas de forma que sea sostenible en el tiempo. Me voy a dar este año para lograr que la revista marche sola. Yo apuesto mucho al fracaso; lo dije en la presentación. Sé que en algún momento la revista va a fracasar. Pero va a fracasar en el sentido de que va a tener que desaparecer porque, como tú misma dijiste, es algo que si agarras la línea de tiempo, ha estado pasando desde la revista Oasis en el siglo XIX aquí en el país. Las revistas de literatura siempre terminan fracasando. Esta también fracasará. Mi idea es que fracase lo más tarde que se pueda. Para mí es importante porque siento que es necesario conversar entre personas diferentes y tener espacio. Hay gente que me está escribiendo de Boston, de México, de diferentes sitios, diciendo que quieren formar parte, y bueno, eso quiere decir que hay un interés. Y lo último: le tengo mucha fe por