Antropología, evolución y tránsito
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Antropología, evolución y tránsito

SIN PAÑOS TIBIOS

 La reciente publicación en Nature –sobre un formidable hallazgo en Marruecos de restos de homínidos de 773,000 años–, arroja dudas y luces sobre nuestro desarrollo evolutivo.

Datar con precisión la llegada del Homo sapiens al teatro de la vida es imposible, pues siempre habrá nuevos descubrimientos que corran la fecha y refuercen o desechen teorías. 

Lo cierto es que la aparición del hombre moderno es relativamente reciente, y que el proceso de evolución no cesa; que nuevos linajes se vislumbran; y que, aunque como dijera el pintor austríaco “no existe raza en el sentido científico del término”, existen condiciones epigéneticas que nos diferencian… más no nos separan.

Cómo surge una subespecie no podremos datarlo con precisión, ni tampoco afirmar si el ambiente determina la selección de determinados genes o si las mutaciones son las que prevalecen en función de su eficiencia o no, de cara a la supervivencia de los individuos. 

A veces, el proceso de selección natural actúa como si lo estuviera manipulando un borracho de la Zona Colonial, favoreciendo la reproducción de individuos que se caracterizan por determinados rasgos físicos o conductuales que claramente atentan contra la integralidad del proceso evolutivo.

El Homo dominicanensis es un ejemplo de esto. En tanto subespecie del sapiens, guarda con este una profunda similitud anatómica y, a priori, son inidentificables. 

Sin embargo, más allá del análisis físico, una evaluación de sus patrones de comportamiento permite afirmar que estamos asistiendo en tiempo real a la consolidación de un nuevo linaje, caracterizado por una estructura de red neuronal mucho más simple, que determina un modo de razonamiento y discernimiento diferenciado de su pariente.

Esta subespecie ha desarrollado atajos sinápticos que simplifican su articulación cerebral, y le permite conectar –por ejemplo– el cerebro con la mano que toca la bocina del carro, desechando de esta forma su capacidad de análisis y razonamiento, sustituyéndola por la acción de tocar la bocina para todo; de tal suerte que los bocinazos en un tapón constituyen su forma de entender el mundo, vincularse socialmente con los demás y construir comunidad.

Claramente, este comportamiento podría tipificarse como anti evolutivo, pues las leyes de la física están ahí y los carros que tiene por delante no desaparecerán por más bocina que toque, pero esas mutaciones cromosómicas tan particulares son precisamente las que lo distinguen del sapiens, haciéndole creer que eso (lo de tocar bocina como un loco o bloquear las intersecciones para que el otro no avance), es una forma eficiente de desplazarse; contrario al sapiens, que paciente y ordenadamente espera que los semáforos (o los mamíferos de la DIGESTT) hagan su trabajo, en coherencia con el fin último de todo el proceso vehicular y evolutivo: avanzar.

Los arqueólogos del futuro dirán quién tenía la razón.

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