Los balances de 2025 y las encrucijadas del 2026
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Los balances de 2025 y las encrucijadas del 2026

El 16 de diciembre de 2024 escribí en estas mismas páginas sobre los cambios de 2024 y los enigmas que se asomaban en el horizonte del 2025. Hoy, 9 de febrero de 2026, el tiempo ha hecho lo que siempre hace: ha respondido sin pedir permiso, ha aclarado algunas dudas y ha creado otras nuevas. El año 2025 no fue un año cualquiera. Fue un año de decantación. Muchas de las promesas heredadas del ciclo posterior a la pandemia se confirmaron; otras se disiparon como la niebla matinal. El mundo siguió avanzando, pero no al ritmo de las consignas, sino al paso más lento y real de las sociedades cansadas. En lo político, 2025 confirmó que las grandes democracias atraviesan una fase de madurez tensa. Los procesos electorales siguieron siendo el instrumento legítimo de renovación del poder, pero también mostraron una ciudadanía más escéptica, menos dispuesta a creer en soluciones milagrosas. El ruido no desapareció; simplemente se volvió cotidiano. En lo económico, el año estuvo marcado por ajustes inevitables. El crecimiento global continuó, pero con desigualdades persistentes. La tecnología avanzó con rapidez, mientras amplios sectores sociales se preguntaban cuál sería su lugar en ese nuevo orden productivo. El trabajo cambió, los hábitos se transformaron, y la estabilidad dejó de ser una promesa universal para convertirse en un privilegio que hay que cuidar. En la República Dominicana, 2025 fue un año de consolidación institucional. Se confirmó que la estabilidad no es un accidente, sino el resultado de decisiones acumuladas en el tiempo. La economía siguió creciendo, el empleo mejoró gradualmente y se fortaleció la confianza en las reglas del juego democrático. No todo se resolvió, pero el país avanzó. Desde la perspectiva humana y espiritual, 2025 dejó una lección silenciosa: la necesidad de equilibrio. El mundo moderno ofrece oportunidades inéditas, pero también genera ansiedad, fragmentación y soledad. La familia, la comunidad y la fe siguieron siendo refugios indispensables frente a una realidad cada vez más acelerada. Y así llegamos a 2026. Las perspectivas para este nuevo año no admiten ingenuidad, pero tampoco desesperanza. El mundo continuará enfrentando tensiones geopolíticas, migraciones complejas y desafíos económicos. Sin embargo, también se abren espacios para la prudencia, el diálogo y la responsabilidad compartida. Para nuestro país, 2026 debe ser un año de profundización: fortalecer las instituciones, proteger a los más vulnerables y recordar que el desarrollo no se mide solo en cifras, sino en dignidad humana. Como escribí en diciembre de 2024, la historia no avanza en línea recta. Avanza entre luces y sombras. Hoy, con la experiencia de 2025 a cuestas, podemos afirmar que la esperanza sigue siendo razonable, siempre que esté acompañada de responsabilidad, trabajo y fe. Con Dios como guía, que el 2026 sea un año de serenidad, prudencia y bendiciones para todos. El autor es Obispo de Higüey, La Altagracia

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