El arte de aprender a amar
Amar no es un impulso, sino un aprendizaje constante que compromete a toda la persona. Es un aprendizaje lento, sostenido, que compromete a la persona entera. Como todo arte verdadero, exige constancia, paciencia, disciplina interior, fe vivida y fidelidad a los pequeños gestos que sostienen la vida compartida. Amar es un acto de fe: confiar sin certezas, entregarse sin garantías y acoger la fragilidad propia y ajena. Quien teme creer se distancia y, al hacerlo, se cierra al amor pleno. Por eso el amor se aprende y se ejercita cada día, en la palabra justa, el silencio respetuoso, la mirada que comprende y la escucha que acoge. Vivir así el amor exige una actitud interior de vigilancia espiritual, de estar despiertos ante la vida. Amar requiere una energía que no nace del entusiasmo momentáneo, sino de una orientación profunda del alma, abierta a la acción de Dios. Es una forma de caminar con los pies en la tierra y el corazón elevado, dejando que la gracia sostenga lo que las fuerzas humanas no alcanzan. Ese camino se refleja en los cincuenta y dos años de unión de Julio y Mirtha, asumidos no como costumbre ni imposición, sino como fidelidad renovada a una promesa hecha ante Dios como Padre amoroso. En ellos, amar ha sido permanecer, perdonar y recomenzar, sostenidos por una fe compartida que les ha permitido entregarse plenamente el uno al otro. Su testimonio muestra que el amor fiel no se improvisa: se aprende, se cuida y se vive como una forma concreta de espiritualidad compartida.