El Caballo de Ébano y la IA
El corpus literario de Las mil y una noches recoge relatos de la literatura árabe medieval, compuestos entre los siglos VIII y XIV. Entre ellos destaca, por su fuerza imaginativa y su sorprendente modernidad, la “Historia mágica del Caballo de Ébano”. En la noche 415, Schehrazada abre el relato con el rey persa Sabur, célebre por su riqueza, prudencia y generosidad, quien recibe de un sabio de la frontera de Ajamí, un caballo de madera de ébano, elaborado con la “calidad más negra y más rara”, incrustado de oro y pedrerías y enjaezado con la magnificencia propia de los caballos reales. Sus virtudes eran extraordinarias: “Cuando uno monta en él, parte con su jinete a través de los aires con la rapidez del relámpago y le lleva a cualquier sitio donde se le guíe, cubriendo en un día distancias que tardaría un año en recorrer un caballo vulgar”. Kamaralakmar, hijo del rey, fue el primero en montarlo. El sabio persa le explicó que la clavija de oro situada a la derecha del arzón servía para ascender; bastaba girarla para elevarse por los aires, sin embargo, el joven príncipe no esperó a escuchar el resto de las instrucciones y tuvo que descubrir, en pleno vuelo, que existía otra clavija, un “tornillo minúsculo, no mayor que la cabeza de un alfiler”, que permitía descender. Al accionarlo, el caballo redujo su velocidad, se detuvo un instante en el aire y luego inició un descenso controlado hasta tocar tierra. Admirado, Kamaralakmar exclamó: “¡Quien con tal perfección te fabricó es un maestro como obrero y el más hábil de los artífices!”. El príncipe continuó utilizando el Caballo de Ébano para sus rápidos viajes aéreos. Este artefacto maravilloso, concebido probablemente entre los siglos X y XIV, aparece hoy como un sorprendente preanuncio de la tecnología moderna: un caballo capaz de volar, responder a clavijas que funcionan como auténticos controles, transportar a su jinete a cualquier lugar del mundo y superar, con creces, las capacidades naturales de cualquier animal real. Aquella “locura mágica” anticipó conceptos que hoy consideramos normales: interfaz de control, navegación autónoma, velocidad, precisión y automatización, y que asociamos a sistemas de aviación, drones o vehículos autónomos. En este relato, la literatura se adelanta a toda manifestación tecnológica, mostrando cómo la imaginación medieval concibió una “máquina” de poder que ampliaba los límites humanos, del mismo modo en que la tecnología contemporánea y la Inteligencia Artificial buscan hoy potenciar, extender y transformar nuestras capacidades. Desde los diseños de máquinas voladoras de Leonardo da Vinci en el siglo XV, pasando por la concepción de la maquinaria, como fuerza multiplicadora en el siglo XVII, hasta el primer vuelo controlado de los hermanos Wright en 1903, la historia de la técnica ha sido un proceso continuo de expansión de las posibilidades humanas, sin embargo, ni en el pasado ni en las proyecciones más audaces del futuro, se había imaginado una irrupción tecnológica tan profunda como la actual, en la que las máquinas ya no solo ejecutan tareas, sino que interpretan, aprenden y deciden, ejerciendo funciones cocreadoras automatizadas. Si bien, en la Edad Media, el Caballo de Ébano se presentó como un artefacto mágico, hoy puede leerse como una metáfora temprana, un puente en la línea del tiempo de la tecnología, expresión del desarrollo del pensamiento y la acción humana. Es también una fantasía literaria que anticipa la lógica de la ingeniería moderna, cuyo nivel de expansión más reciente es la Inteligencia Artificial. En este sentido, el Caballo de Ébano podría considerarse el antepasado más lejano de la Inteligencia Artificial, no por su forma material, sino por la capacidad que ofrece al ser humano de ampliar su horizonte más allá de lo posible e imaginable en su época. Lo que la imaginación árabe medieval concibió como un prodigio: un caballo capaz de volar, orientarse y obedecer, se ha convertido hoy en realidad gracias a la ingeniería, la computación y la Inteligencia Artificial. Así, la fantasía literaria no solo precedió a la tecnología, sino que la impulsó, la soñó antes de que existiera y abrió el horizonte de lo que la humanidad sería capaz de crear, pasando de la magia literaria a la imaginación y la innovación que, lejos de sustituir a la persona, buscan complementarla y expandir su capacidad de transformar el mundo. Desde la ciencia y la fe, estamos asistiendo, más que nunca, al cumplimiento del mandato divino: “Crezcan, multiplíquense y dominen la tierra” (Gn 1,28). P. Dr. Isaac García de la Cruz Rector UCNE – Presidente ADRU