Cuando el arte ocupó las naos de la grandeza
Desde la antigüedad, las artes fueron una forma de apología del poder. Y cuando no, de sublimación de sus “grandezas”, heroicidades. También divertimento vano para fiestas, bacanales y orgías. Función para decorar los entornos y las habitaciones. Y continuó siéndolo, a excepción del arte religioso, primer llamado desde las artes a las formas primarias de civilidad. Desde “Edipo Rey”, de Sófocles, su expresión sublime y álgida, la tragedia griega tuvo por meta revelar la pequeñez de los hombres grandes. La comedia, al contrario, la pequeñez de los hombres pequeños con pretensiones de grandeza, lo cual, para ellos, era motivo de risa, un ostensible absurdo. Los dramaturgos de la antigua Grecia compartían la idea de la pequeñez humana ante la grandeza de los dioses y del Destino, dos poderosas fuerzas que, para el sistema de creencia justificativo del ejercicio de las artes, regían las vidas de manera inexorable. Estas debían transcurrir entre los parámetros preimpuestos sobre alguien desde antes de su nacimiento y podían conocerse consultando los oráculos, una especie de gestores de los secretos del destino (moira). Edipo Rey, de Sófocles, es un argumento irrebatible de la imposibilidad de saltarse el destino preestablecido. Es la forma griega antigua de la idea de la predestinación, también presente en el cristianismo, incluso en la vida predestinada de Jesús: venía con una misión comunicada desde la Anunciación a María. Un sino al que no podía escapar el Nazareno y que, en su altura y humildad espiritual infinita, aceptó en el Monte de los Olivos al decir “Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya”, declaratoria de que abrevaría la copa de su propia sangre exigida por el Padre para la redención humana. También otro Oráculo (Samuel) informó al futuro rey David que había sido ungido por Dios para gobernar Israel, revelándole su destino antes de la muerte del rey Saúl, su predecesor. Otros oráculos (los hombres de Judá y los ancianos de Israel) confirmaron a David —tras la muerte de Saúl— este destino, antes de que el simple pastor que derrotó a Goliat fuera entronado. Hablamos de dos extraordinarias piezas literarias de valor universal; de esa grandeza de propósitos de las artes que con el tiempo fueron erosionando las malas prácticas, por la imposición de fines ruines y superficiales sobre las artes —aceptadas por los “artistas”— que sólo la Iglesia católica, con todo y sus culpas por su Inquisición y sus hogueras malditas, superó al patrocinar ejercicios artísticos destinados a que los ciudadanos —reyes, príncipes y súbditos— emularan en sus vidas, fuente inequívoca de una acción educativa civilizadora mediante la cual las personas fueron humanizadas desde una fe que preconizó —aunque no practicó— la igualdad, el amor y la caridad hacia los semejantes. El punto es que el arte, al observarlo desde lo que es nuestra cultura, incorporó funciones degradantes. Por ejemplo, las “tablillas” romanas en arcilla (“imagines maiorum”) para la adoración de los antepasados, fueron sustituidas por pinturas de princesas casaderas semidesnudas o encueras hasta las pupilas, en una desenfada y secreta exhibición política de la absoluta pérdida de la pudicia. En consecuencia, abundan esos retratos de jovenzuelas del pasado, hijas de las aristocracias que pedían rectitud y virtud a sus vasallos mientras adoptaban y convivían en las peores y más censurables conductas. Para un tiempo en el cual las mujeres cubrían sus cuerpos hasta los tobillos, el pelo hasta la nuca y los pechos hasta el cuello, aquello era la más insólita de las pornografías. Sería el símil con el cual muy pocas mujeres de hoy comulgarían: enviar fotos desnudas a sus pretendientes. Es cierto que muchas suben fotos y videos penosos y aberrantes a las redes sociales, pero se trata de mujeres pobres, en las cuales las necesidades y las hambrunas mataron toda dignidad personal para transformarlas hasta reducirlas a simples trozos de carne en exhibición, accesibles al precio de un pantallazo, que ni siquiera de un “Me gusta”. Expongo este hecho para que se aprecie cómo desde el poder y de las prácticas impúdicas de las aristocracias y clases políticas empoderadas el arte se hace inmundo, trocando en engolado, manierista y —como fue propio en el Barroco— bien decorativo y pretencioso; apologético de personas y enriquecidos que no merecen siquiera reconocimiento aunque tengan otra vida ya que en muchos casos se trató de verdugos de sus pueblos y enemigos de la justicia. Es a lo que renunció el arte de Shakespeare, de Calderón de la Barca, de Lope de Vega, de Goya, de Picasso, de Van Gogh, de Bertold Brecht, de José Martí, de Frida Kahlo y de Courbet, entre muchos otros. Aunque existen artistas que aún no se percatan de que el tipo de arte que no nace del alma y cifra la civilidad o la grandeza de espíritu como norma y función, cuando nace ya ha muerto, por más caro que decidan pagarlos nuestros actuales gobernantes y aristocracias.