Ahora resurrrta
-Ahora resurrrta que er veterinario dice que hay que estampar a todas las novillas. Dijo en voz muy alta Don Simeon, avistando toda la finca desde su viejo Jeep Land Cruisser, sentado como usualmente lo hacía, sobre el bonete ya frío de aquella resistente máquina que hacía pensar en viejas películas de la Segunda Guerra Mundial. Julián Sulero, empleado suyo por los últimos 45 años, encargado de la finca, le respondió, desde la enorme yegua blanca que a su lado miraba también el ganado pastando en la llanura más abajo: -Lo cierto es que no es asunto mío, Don Simeón, pero no vendría mal. Diciendo esto, atacó en las ancas con las bridas a la enorme yegua blanca que cabalgaba y que salió corriendo en dirección a unas vacas que se amontonaban frente al cruce del río, bebiendo agua. Con esa destreza de los campesinos sobre las bestias, casi como un centauro, aquel binomio que tan ágilmente dirigía el empleado Sulián Sulero sobre su “yeguota” -como él llamaba a su yegua-, se acercó dando trotes precisos a la empalizada por donde entraba el río a la finca. Con la naturalidad de un profesor que dirige a un grupo de niños, tomó el control de todos los animales que bebían agua, esparciéndolos alrededor de la orilla del arroyo, mientras agarraba con una mano la vieja puerta de palos y alambres de púas, abriéndola aún más sin bajarse de su yegua, para dar suficiente espacio a las vacas que se amontonaban a tomar agua, para que no se golpearan entre ellas, en su afán por beber. Era plena tarde, había sido un día muy caluroso y desde donde se encontraba Don Simeón, se veía ahora al diminuto Don Julian Sulero montado en su yeguota, que ahora era una miniatura, lidiando con las bestias. También se apreciaba el final de la tarde con ese frescor que el azul trasmite poco a poco hasta convertirse, en medio de los afanes y las bestias, en negro con punticos azules. Cuando al rato regresó el binomio de Julián y la gran yegua blanca, en el momento en que le pasaba por el lado al viejo jeep Land Cruisser, donde seguía Don Simeon, Julián Sulero a modo de despedida le dijo a su jefe y amigo desde la infancia: -Lo que hay que ver bien es cuál es la novilla que quiere estampar el “venerinario”, digo veterinario. Porque si son toditas, usted sabe que se hace, pa eso estamos. Y casi riendo agregó, mientras se marchaba al galope: -Ahora, si es una sola novilla que el “venerinario” quiere estampar, hay que investigar mejor.