¡Señor es mi luz y mi salvación!
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¡Señor es mi luz y mi salvación!

En el Evangelio de este V Domingo del Tiempo Ordinario, el sacerdote continúa vistiendo de verde. El color de la esperanza. Y tiene que ver mucho con ese deseo de Jesús de que todos seamos esa esperanza para la humanidad.  “Ser luz y sal de la tierra”. ¿Si no somos esa sal, como será nuestro alimento? Estará soso, y nadie quería comerlo. ¿Y como debemos ser luz? Debemos ser lámparas que iluminemos a los demás. No debemos escondernos debajo de las mesas. Debemos llevar esa luz que ilumine a los demás con el mensaje de salvación que el Señor nos dejó como tarea. Es un mandato bien claro. Y en San Mateo lo vemos.  Nos habla de nuestra vocación como cristiano y cómo debe de ser. No podemos conformarnos con conocer el mensaje y guardárnoslo para nosotros mismos, debemos llevarlo a los demás, aunque nos sintamos incapaces de hacerlo.  El cristiano no debe ser “poquito”, ni mezquino. Debemos ser generoso y darnos “hasta que duela” como nos decía la Santa Madre Teresa de Calcuta. Es difícil, es verdad, pero no debemos tener miedo, sabiendo que el Señor estará siempre con nosotros hasta el fin de los tiempos. Y el profeta Isaías nos recuerda con fuerza que la verdadera luz surge de las obras de misericordias de las que hablábamos el domingo pasado.  Tenemos tanto que dar y nosotros a veces hasta por miedo, no lo hacemos. Pedimos al Señor Todopoderoso que nos dé las fuerzas necesarias para perder ese miedo que nos impide darnos a los demás. Amén. Pero de aquellos más vulnerables y principalmente aquellos que la sociedad tenía señalados como rebeldes y nos dice que pueden salvarse quienes más lo necesiten y nos invita a que recuperemos el cariño de aquellos de los que nos hemos alejado. Amén.

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