“Ese huevo quería sal”
Un viernes se comunica a la oficina de protocolo que al otro día, el sábado, se realizaría una boda en el Salón de Embajadores de la casa de gobierno. Todos empezamos a indagar quién se casaba y surgió un nombre extraño, del que no teníamos la más remota idea de quién se trataba. El mismo presidente no sabía, concedió el permiso para complacer al padre de la novia, un dirigente reformista. Subimos al tercer piso, y empezamos a preparar el salón. Le hicimos saber a Mariuchi, que era una de las decoradoras del palacio, la actividad que se desarrollaría al otro día. La arquitecta mandó a buscar unas azucenas para decorar un poco el ambiente, ya que no había ningún interlocutor con quien coordinar nada. Ese mismo día en la tarde se apareció Porfirio Carias Dominici, alias Choli, quién era el oficial del Estado Civil de la Segunda Circunscripción del Distrito Nacional, jurisdicción correspondiente al Palacio Nacional, quien oficiaría el matrimonio. Llegó con una grabadora portátil para probar el sonido de la marcha nupcial y el Ave María. Pero también solicitó la banda de música de la Guardia Presidencial. Esta banda solo se utilizaba para las presentaciones de credenciales y una que otras marchas militares. El día de la boda, la banda entró al parqueo del ala derecha, donde se estaciona el carro del presidente, debajo del Salón fe Embajadores. Pero Choli se olvidó de indicarle a la banda el repertorio. Eran las cuatro de la tarde cuando llegaron los novios. Choli se acercó al balcón y les voceó: “toquen”: interpretando las notas del Himno Nacional. Nadie entendía nada, ni siquiera el presidente Balaguer, que ya se encontraba presente. Se inquirió a protocolo el por qué ellos estaban tocando el himno. Nadie tenía la respuesta. Empieza la ceremonia y se pone en la grabadora la marcha nupcial. Otro fiasco, porque las bocinas estaban desconectadas y sólo se escuchaba el bajo volumen del radio. Pero el colmo de todos fue cuando los declaran: “marido y mujer”, y solicitan la firma de los testigos. Desde luego, el principal testigo era el presidente, a quién le llevaron el acta, y como la mesa de la ceremonia era muy bajita apoyaron el acta en la espalda del novio, para que el jefe de Estado pudiera firmarla. Esto era una escena surrealista: la firma de Balaguer terminaba con un punto, el cual al ponerlo perforó el traje blanco del novio. Las cosas no acaban ahí: el presidente le regaló un sobre contentivo de un billete de 500 pesos. Este billete fue sacado del sobre y fotografiado por los novios para que vieran el gran regalo que le habían hecho. Cuando se retiraba el jefe de Estado, el novio le cayó atrás para pedirle que lo nombrara en un cargo. El presidente ni corto ni perezoso, dijo en voz alta: “yo sabía que ese huevo quería sal”. Y fue nombrado.