La Virgen engendró al que la creó: ¿misterio o dogma?
Esta afirmación condensa uno de los núcleos más profundos de la fe cristiana y remite al designio salvífico revelado progresivamente en la Escritura. Desde los albores del Génesis, la historia de la salvación anuncia la figura de una mujer llamada a confrontar el poder del mal y a restaurar lo que el pecado había fracturado. El llamado Protoevangelio expresa esa promesa cuando Dios dice a la serpiente: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje; él te aplastará la cabeza mientras acechas su calcañar» (Gén 3,15). Estas palabras prefiguran una victoria que no surge del castigo, sino de la misericordia divina que abre un horizonte de redención y sitúa a la mujer como aliada en el plan de salvación. La tradición cristiana reconoce en esa mujer a María, nueva Eva, cuya misión materna inaugura un orden reconciliado con Dios. A la luz del Nuevo Testamento, este designio alcanza su plenitud: el Hijo eterno de Dios asume carne en su seno, y quien creó a María quiso ser engendrado por ella, sin que ello contradiga su condición divina. No se trata de una paradoja poética, sino de un misterio dogmático que revela la lógica del amor divino: Dios se hace cercano sin dejar de ser trascendente. Así, María aparece como aliada perfecta en la lucha contra el mal y como signo vivo de esperanza para la humanidad, particularmente para la mujer, cuya dignidad queda restaurada y elevada en esta singular cooperación con el plan de salvación. En síntesis: es misterio que se contempla y dogma que la Iglesia proclama y cree.