Diciembre en febrero
El discurso del calentamiento global a veces cojea. Quizás, no en los hechos científicos, pero sí en el imaginario popular. O por lo menos, ¿cómo hacerle creer a alguien que el clima se está calentando, cuando casi morimos congelados a comienzos de semana? Más que calentamiento global, deberíamos hablar de cambio climático. En ese contexto, las puertas para la ruptura de los modelos predictivos tradicionales ha quedado abiertas de par en para. Inviernos más fríos, veranos más calientes, sequías más agrestes y temporadas de lluvias nunca vistas. Una forma antropocéntrica es verlo así, de la única en que el sapiens se delecta viéndolo todo, cuando se erige en referencia. Otra sería verlo en escala planetaria, donde quedamos reducidos a categoría de sabandija, colegas de otras muchas especies que están –o estuvieron– en lo que el planeta sigue girando a su ritmo. Eso explicaría porqué, no sólo nos pueden sorprender los cambios que vemos y vivimos, sino que los encuadramos como algo extraordinario en la medida que los referenciamos con nuestra existencia, con nuestra civilización, con lo que somos. A priori, las cosas son terribles porque nos impactan, no porque en realidad lo sean. En la década de los 70, se decía que en 30 años se acabaría el petróleo; en los 90 se hablaba del agujero en la capa de ozono como un evento casi irreversible e irrecuperable, por no recordar que en 2040 no tendríamos protección alguna; en 2000, Estados Unidos casi se quedaba sin petróleo y 25 años después –por el fracking–, ha recuperado su lugar en producción; por sólo citar tres ejemplos. No es que sea malo que se disparen alarmas, se hagan acuerdos y se firmen convenios. El problema reside cuando en ausencia de información fidedigna y comprobada científicamente, se asume la información parcializada (o sesgada) como motorizador de la política pública y la asignación de presupuestos y recursos estatales. Sobre la base del calentamiento global se le dio la espalda a la energía nuclear y se privilegió lo “verde”, más para impulsar un modelo de negocio alterno y crear barreras competitivas, que por la urgencia climática. Si no, pregunten a alemanes y franceses, a ver cómo le va a cada quien. Sin asumir el negacionismo, es lícito no renunciar al cuestionamiento sistemático de todos los postulados impuestos por agendas foráneas, las cuales, a veces hacen que todo el discurso del multilateralismo sea en realidad una estrategia de marketing, por no decir otra estrategia de dominación. Cambio climático o no, lo cierto es que disfrutamos los tres días de frío, sacamos los abrigos y fingimos olvidar que vivimos en un país que se derrite casi todo el año. Lo del chocolate, las sopas y las colchas, apenas fueron excusas para creer que diciembre no se había ido, y que había que sacar de nuevo el arbolito.