El Señor es mi luz y mi salvación
El Salmo de este III Domingo del tiempo Ordinario es precioso. Nos invita a confiar en Él y el salmista le pide que habitemos en Su casa por siempre. Las lecturas de ese día son proféticas. Se cumplen las promesas del profeta Isaías que le hizo el Señor: “País de Zabulón y de Neftalí camino del mar al otro lado del Jordán. Galilea de los gentiles, el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande, a los que habitaban en tinieblas, en sombras de muerte”. Entonces Jesús comenzó a predicar diciendo: “Conviértanse porque está cerca el Reino de los Cielos”. Entonces viendo a los pecadores les dijo: “Vengan y síganme y les haré pecadores de hombres”. Tan pronto Jesús los llamo, dejaron todo lo que estaban haciendo y lo siguieron. Yo siempre me he preguntado ¿Qué tenía esa mirada que hizo que lo siguieran dejando todo atrás? Así continuo Jesús su vida enseñando en las Sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando enfermedades y dolencias del pueblo. Le pido al Señor cada día que me libre de las ataduras que me impiden llevar el mensaje a los demás, la comodidad y el conformismo que a veces no facilitan cumplir mi misión de evangelizadora de Su palabra. No permitas que cierre mi corazón a la verdadera conversión y a buscar la unión de mis seres queridos. Amén.