La promesa
Lo repite al ver mi cara de incredulidad. - No puedo ir a Higüey por la promesa que hizo mi mamá. Ella me entregó antes de nacer. Si voy me muero. Su hermano, mayor que ella y que escuchaba la conversación mientras echaba el ojo a su negocio, en la acera del frente, asiente en gesto de afirmación y confirma lo que ella repite. - Así es. Mi mamá la entregó. Si va a ver a la Virgen, ahí se queda. *** De alguna manera se enteró. Encolerizada y furiosa se dirigió al patio. Ahí estaba su hija, de catorce años. Tenía la cabeza tan cabizbaja que su mentón tocaba su pecho. Le gritó. - ¡Mírame, muchacha! ¡Mírame! Ahora sí que completaste. ¡Sinvergüenza! Preñá en mi casa. ¡De aquí te vas! ¡Qué se haga cargo el que te preñó! La chica no dijo nada. Levantó la cabeza llena de lágrimas y observó el ritual que su madre hizo, mientras la náusea se apoderaba de ella. Primero vio la mano derecha de su madre acariciar su panza, de casi ocho meses, mientras levantaba el brazo izquierdo, con la mano abierta y suplicante, dirigiendo su rostro al cielo. - ¡Ay, Virgen de la Altagracia! Luego del grito suplicante, se dejó caer de rodillas, alzó ambos brazos sin quitar su cambiar la dirección de su rostro, al cielo. Entonces, escuchó la sentencia, no dirigida a ella, sino al ser que su madre gestaba. - ¡Te la entrego, Virgen de la Altagracia! ¡Si es niña, te la entrego! ¡Si es niña, llévatela! *** La escena me la imagino, la reconstruyo, desde las coincidencias de las distintas versiones que décadas después me cuenta la persona que nació dos meses después de esa promesa a la Virgen de la Altagracia. - ¿Por eso no puede viajar a Higüey? - Ajá, por eso. Yo le prendo su vela a la Virgen aquí, pero si voy allá se queda conmigo. Fue una promesa de mi madre. - O sea, que nunca podrá ir a Higüey. - Así es. Ella me invita al silencio y seguimos observando la misa del 21 de enero, la que transmiten porque va el presidente de la República y varios funcionarios. La escucho murmurar mientras hacen un acercamiento a la imagen de la Virgen de la Altagracia, puesta en un marco con joyas, protegida por un vidrio, en la cima de un hermoso altar. Miro la imagen con atención, la que he visto otras veces de cerca, en persona, acompañada de la fe religiosa que ya no tengo (en este presente que escribo). ¿Para qué querría la Virgen a mi abuela? *** Contrario a la Virgen de las Mercedes, la de la Altagracia centra su mito (milagro, le dirán algunos) en que su imagen, traída a la isla a principio del siglo XVI, se trasladaba de manera inexplicable a un árbol de naranja, lugar donde se erigió su templo. Sin embargo, en los hechos, esta advocación está ligada también a una batalla, como el caso de las Mercedes (que su mito-milagro, ya bastante diluido por su incorrección, es que ayudó a los colonos españoles a matar a los taínos y ganar una batalla). Excluyo la explicación documentada, poco documentada por cierto, del origen de la imagen de esta advocación mariana y de cómo podría haber llegado a la isla, para anotar algo: en principio, su veneración se celebraba el 15 de agosto, no el 21 de enero. El 15 de agosto es la fecha en que se venera a la Virgen de la Altagracia en Siruela, Extremadura, en España, lo que podría tener relación con esta celebración religiosa en República Dominicana. El cambio de fecha se debió a un “milagro” (reitero, mito) ocurrido en la batalla de Limonade. El 21 de enero de 1691, los colonos de la parte este de la isla de Santo Domingo se enfrentaron a las tropas francesas, en una de las sucesivas batallas que libraron para recuperar la parte occidental de la isla (Saint Domingue), lo que hoy es Haití. Esta batalla, llamada de Sabana Real de la Limonade o del Guarico se produjo cerca de El Cabo, hoy Cabo Haitiano. En la refriega mataron al gobernador de Saint Domingue y a unos 600 hombres, según el historiador José Gabriel García. Se dice que, en vísperas del combate, los del lado español que procedían de los poblados de Higüey y El Seibo invocaron protección a la Virgen de la Altagracia y atribuyeron a ella el triunfo en la batalla. El historiador José Gabriel García señala que las tropas coloniales españolas estaban dirigidas por quien fuera gobernador de Santo Domingo, Francisco Segura y Sandoval. Es el único que menciona este dato. Ninguna otra fuente, o historiador, hace ese señalamiento. Para la fecha de la batalla, Segura y Sandoval ya no era gobernador. Fue destituido en 1684, supuestamente acusado de hacer tratos con piratas. Murió un año después de esa batalla, en enero de 1692, en el mar. Pero durante su mandato, en 1678, fundó el poblado de Los Mina, lugar donde se asentaron negros fugitivos de la colonia francesa de Saint Domingue. Casi tres siglos después, en enero de 1972, una avenida de Los Mina fue bautizada con su nombre. Mi abuela vive en esa avenida. *** Mi abuela ya no recuerda con claridad ninguna de las versiones que me contó sobre la promesa de su madre. Tiene 94 años. Todos los miembros de su primera familia, sus padres y hermanos, han muerto, incluyendo a su sobrino, hijo de la hermana avergonzada. Ella es la última. La niña más pequeña de su mamá y su papá. Nunca ha ido a Higüey. Alguna vez se lo propuse, pero su respuesta era contundente. No. Han cumplido el deseo del arrebato de su madre. Le quedó el refugio de las velas encendidas a y la transmisión de los 21 de enero, en la que otros y otras, incluyendo funcionarios que cumplían protocolos y agendas políticas, podían tocar el vidrio que protegía la imagen de aquella Virgen a la que su vida y su muerte le fueron prometidas. Hace años que no recuerda la fecha, que no enciende velas. Pero si por casualidad la invitas a Higüey, te responderá que no, que no puede, que si va la Virgen se la lleva.